La (in)trascendencia de lo periférico

13/07/2015

Durante muchos años confundí a la banda que había editado un disco clásico del llamado Funeral Doom. Yo pensaba que Trascendence into the Peripheral era un disco de Thergothon, pero es de Disembowelment, ambas bandas pioneras de un estilo que llevaba el lento Doom Metal a un extremo aún más desasosegante y pesado. No os voy a poner un enlace al disco, de hecho, no lo estoy escuchando ni yo, que estoy con el nuevo de High on Fire, infinitamente más accesible a todos los oídos. Pero me sirve para titular un artículo que no tenía idea de qué carajos iba a ir.

Durante semanas me he dedicado a hablar de la trascendencia de lo periférico en el deporte, sobre todo en el fútbol. He pasado de puntillas por encima de la actualidad, buscando detalles en los márgenes, rememorando la infancia, halagando a grandes periodistas o componiendo una extraña oda, nunca mejor dicho, a uno de los mejores futbolistas que han hollado la tierra. Sin embargo, llega la época veraniega y el material escasea.

Entonces surge la pregunta: ¿Qué hacer cuando lo periférico se vuelve intrascendente? ¿Cuando lo que ocurre no te da para un artículo completo porque está sobado y resobado, no lo has seguido más que por crónicas o simplemente no te llena lo suficiente como para producir un artículo mínimamente interesante y que todo salga forzado tanto al escribirlo como al leerlo? En ese caso me invade el famoso bloqueo del escritor, la página en blanco me llena de horror vacui y un artículo de mil palabras se convierte en una tortura maratoniana que tarda horas en estar lista, para desesperación de autor y editor jefe.

No queda otra que estrujarse el cerebro hasta dar con algo que pueda explotarse como artículo deportivo. El problema es el fin de la temporada futbolera y el no seguir en directo otras competiciones deportivas. La cosa está complicada. El culebrón de los fichajes es un muermo para autor y lector del que ya me salí por la tangente dos semanas consecutivas. Las noticias sobre las vacaciones de los futbolistas en la prensa deportiva es una parte de lo que me lleva a confirmar el daño que ha hecho la prensa del corazón al resto del periodismo desde hace veinte años, o más. Podría dedicar un artículo a la imperiosa necesidad que tienen las marcas de ropa en sacar cada año nuevas equipaciones para los clubs de fútbol, las aberraciones como las rayas verticales de la nueva camiseta del Barça o la tendente uniformización de las segundas camisetas, pero más allá de la estupenda idea que han tenido en el Rayo Vallecano de dedicar la franja de la segunda camiseta a la lucha por distintas causas sociales, formando un arco iris que ha propiciado críticas de oportunismo e intentar homosexualizar el mundo y que a un servidor le han dado ganas de comprar; no encuentro en ello un tema lo bastante atractivo para dedicarle todo el esfuerzo de un solo texto.

Tal vez el tema podría ser las elecciones a la presidencia del Barça. La conveniencia o no de convocarlas en verano, sobre si Nobita merece ser reelegido o pateado del puesto, o si de una puñetera vez habría que implementar el voto por internet. No puedo hablar del catalanismo de Laporta porque no se puede hablar de política. Tal vez la cuestión está en la Junta Gestora y sus fichajes, pero el tema para mí está claro, no debería haber fichado y punto. Quizá sea interesante hablar de que Benedito devolvería a Arda Turan si gana, lo que pasa es que en una línea lo despacho: sería un error y creo que le va a restar votos. También podría sumarme a la marea mediática sobre Casillas y su salida al Oporto. Me sucede igual que con lo anterior, tres líneas y a otra cosa: pese a que su rendimiento ha bajado notablemente en el último par de años, creo que no merece una salida por la puerta de atrás, que ha sido un símbolo del madridismo tan importante (o más) que el sobrevalorado Raúl y que ojalá viva una segunda juventud a lo Buffon.

Igual es buen momento para dejar la estrechez de miras y hablar de otros deportes. Al fin y al cabo, ya lo hice con el Mayweather-Pacquiao, aunque más de la mitad del artículo fue para hablar de mi vida cotidiana. Echo una ojeada al As a ver qué se cuece y empiezo a sopesar mis opciones. Anda la NBA en pleno movimiento de traspasos, pero más allá de los 145 millones de Anthony Davis, de la tangana DeAndre Jordan-Mark Cuban o de que sigan en la brecha viejos rockeros como Duncan y Garnett, lo sustancial es la renovación de Marc Gasol por los Grizzlies y, sobre todo, su ausencia en el Europeo de septiembre, un palo duro para la selección. Aunque ojeo por encima la lista y los nombre de su hermano Pau, Felipe, Rudy, Llull, Sergio Rodríguez (a quien deberían cantar de vez en cuando eso de «la rica salsa canaria se llama mojo picón, como hacía el gran Andrés Montes) o Mirotic, junto con una nueva generación de jóvenes llamados a grandes cosas me deja bastante tranquilo. Veo que aún me daría tiempo a ver la final de Wimbledon, con dos grandes como Djokovic y Fereder peleando por la ensaladera, o la carrera de Moto GP, de nuevo con Márquez en la pole, pero tengo que acabar esto antes porque hemos quedado para comer con unos amigos para celebrar el cumpleaños de ella y todavía tengo que ducharme, lo cual me lleva un rato extra para cuidar mis bienamadas greñas.

Si lo pienso bien, lo mejor sería hablar de una puñetera vez de deporte femenino. Que no basta un artículo de vez en cuando dedicado a la tragedia de estrellar un balón en el larguero. De que es buen momento para cuestionar al seleccionador español tanto por su método como por sus formas. De volver a maldecir el nombre del presidente de la federación y de paso del del presidente de la LFP. De alegrarme por Garbiñe Muguruza y la batalla que le planteó a la legendaria Serena Williams en la final de Wimbledon, pese a que no vi el partido. De congratularme otra vez por la selección femenina de baloncesto, que no se baja del podio europeo aunque esta vez el metal de la medalla sea bronce y no oro, pero sigue ahí, lo que indica la solidez del bloque del que se bajan las veteranas y encuentran relevo en las nuevas generaciones. Tal vez aproveche para preguntarme si el lío con Gala León, la federación de tenis y los tenistas sea menos una cuestión de machismo como de malas decisiones federativas, pues no he visto charla de vestuarios tras el nombramiento de Conchita Martínez. Y ya que estoy de paso, alegrarme un montón de que Ruth Beitia no sólo siga compitiendo, sino que lo haga al más alto nivel. Las viejas rockeras nunca mueren y me alegra un montón.

Después de andar meditando un rato, me he dado cuenta de que ninguno de los temas me inspira como para hacerle un solo artículo, pero que trampeando un poco y picoteando de aquí y allá he salvado el día. Robándole descaradamente la idea a Lope de Vega del soneto que le mandó hacer Violante cumplo con mi obligación a mi nivel, no al de Lope. Para llegar a mi nivel hay que hacer prospecciones petrolíferas, pero sin fracking, por favor. Añadiendo de BSO a Watain tributando a Bathory, que ya se acabó el disco de High on Fire. Para que luego digan que no me inspiran los clásicos, musicales y literarios.

Los que no triunfaron

06/07/2015

La semana pasada hice trampas. Oculté cierta información sobre lo que hablé con mi hermano. Es cierto que le pedí la lista que os ofrecí, pero omití que él creía que le hablaba de otra lista: jugadores del Barça y el Madrid que pese a su talento no cuajaron en su paso por dichos equipos. Yo le dije que también me pasara esa lista, así salvaba el culo dos semanas consecutivas. Además, esta vez tengo la ventaja de no haber usado dos párrafos introductorios, por lo que puedo empezar con la lista antes y extenderme más con los comentarios de los jugadores. Algunos jugadores no triunfaron por ser buenos pero no tener el nivel que se exige en estos clubes, otros rindieron por debajo de lo esperado, algunos llegaron ya mayores y alguno por ahí es un caso especial.

Empezaré por el Barça. Para variar el formato de lo que hice la semana pasada, pondré los nombres seguidos y luego daré alguna pincelada de cada uno. La lista incluye a Henry, Ibrahimovic, Zambrotta, Thuram, Albertini, Davids, Mendieta, Sorín, Petit, Overmars, Litmanen, Baia, Blanc y Riquelme.

Henry llegó a Barcelona tarde. Tenía ya cierta edad y se notó. Cierto es que dejó destellos de su gran calidad, pero no brilló de forma tan constante como en su época del Arsenal. En esta misma categoría cae Thuram, pero su caso es más sangrante. Un muro defensivo en sus mejores años, llegó aún más mayor que Henry al Barcelona, siendo una sombra de lo que fue en la Juve y la selección francesa. También las lesiones contribuyeron a su paso poco recordado en el club culé. Litmanen no llegó mayor, sí con el cartel de gran estrella, las lesiones le impidieron demostrar el mismo talento que en el Ajax de Van Gaal. Albertini estaba considerado una promesa de gran estrella en su juventud, se quedó en un buen jugador. Su llegada a Barcelona fue en el ocaso de su carrera y apenas trascendente para el club, él añadió una liga a su palmarés.

Ibra es un caso particular. Durante los primeros meses en Barcelona justificó su rol de estrella marcando goles y asistiendo. Dio el gol de la victoria en el primer enfrentamiento liguero ante el Real Madrid. Pero coincidió con la explosión definitiva de Leo Messi y hacia final de temporada su aportación se fue apagando. Se habló de duelo de egos y de problemas con Guardiola. Acabó saliendo cedido al Milán y luego fichado por el PSG. Pocos recuerdan que igualó el récord de César al conseguir un tanto en cada una de las cinco primeras jornadas de liga, o los 16 goles que anotó en el torneo. Claro que parecen pocos ante los 34 del astro argentino.

Juan Román Riquelme llegó con la vitola de estrella, pero su paso por Can Barça fue tumultuoso. Van Gaal lo desplazó a la izquierda y luego dejó de contar con él. Mejoró sus prestaciones con la marcha del holandés y la llegada de Antic. La llegada de Ronaldinho acabó provocando su salida, cedido y luego traspasado al Villarreal, donde se consagró de forma definitiva.

Otro caso particular fue el de Gaizka Mendieta. Tras alcanzar dos finales de Champions, los sueños del bilbaíno por fichar por el Madrid se vieron frustrados, por lo que acabó en la Lazio. No volvió a alcanzar tan alto nivel como a la orilla del Turia. En el Barça rindió mal, jugando de lateral derecho con Van Gaal, y pese que a fue decisivo al final de temporada, nuevamente reubicado en la zona donde había triunfado en Valencia, pesó más su alta ficha y sus actuaciones de principio de temporada. Este artículo es bastante aclaratorio al respecto.

Baia fue importante en sus dos primeras temporadas, donde logró Copa y Recopa con Robson, y la Liga, Copa y Supercopa en la primera temporada de Van Gaal, pese a la lesión que sufrió. Durante su baja la portería la ocupó Hesp, por el que se decantaría Van Gaal. Baia saldría cedido al Oporto, al que volvió definitivamente en el 99.

Si os soy sincero, no recuerdo demasiado del paso de jugadores como Overmars, Sorín, Blanc o Petit. Al primero le afectó la plaga de holandeses de Van Gaal, pero fue de los mejores, con Hesp y Cocu. Petit fue mucho mejor en el Arsenal que en el Barça. De los otros dos me juega una mala pasada la memoria, seguramente entonces porque veía y entendía menos de fútbol que ahora, aunque quizá también su paso fue lo bastante discreto como para no dejar huella. Igual que el de Zambrotta, que vivió el fin de la era Rijkaard y se marchó antes de que llegara Guardiola.

Con todos eso nombres se podría hacer un once inicial que si bien no sería el mejor de la historia del club, sí sería uno bastante potente, siempre y cuando dichos jugadores hubieran estado en el mejor momento de sus carreras. Sin embargo, si pensamos sólo en su paso por Barcelona no es que sea el once que preferiría el aficionado. Pero imaginar al mejor Henry con Ibra de socio, surtidos de juego por Mendieta y Riquelme, con Baia en la puerta y Thuram y Blanc haciendo de muro defensivo invita a soñar.

Lo mismo pasaría con el Madrid, quizá con la excepción de la portería. Pero en todas las líneas hay futbolistas que podrían haber dado muchas alegrías a los merengues y no lo hicieron. Los nombres son: Panucci, Eto’o, Cambiasso, Soldado, Owen, Samuel, Borja Valero, Baptista, Cassano, Emerson, Mata, Negredo, Robben, Sneijder, Dudek, Metzelder, Heinze, Kaká, Cannavaro y Carvalho. En la lista no está Rubén de la Red, pero bien podría. Quién sabe dónde hubiera podido llegar si no hubiera tenido esos problemas de corazón.

En este caso hay que hablar de ex canteranos del Real Madrid que triunfaron lejos del Bernabéu: Eto’o, Mata, Negredo y Soldado. Quizá el caso más doloroso para el seguidor merengue sea el del camerunés, porque donde mejor rindió fue en el eterno rival. Mata y Negredo no llegaron a jugar con el primer equipo a pesar de haber jugado bien en el Castilla. Soldado sí jugó en Primera, solo que su mejor rendimiento se dio lejos de la casa blanca. También jugó en el filial Cambiasso, pero pasó por Argentina antes de jugar con el primer equipo. Sin embargo, logró sus mejores prestaciones en el Inter, con el que se proclamaría campeón de Europa, junto a Eto’o y Sneijder.

Hablando del holandés, es imposible disociar su nombre del de Robben. Ambos fichados en la misma temporada, ambos salieron del club en la misma temporada con destinos distintos, y ambos ganarían la Liga de Campeones lejos del Bernabéu. Ambos se lesionaron en el conjunto blanco, sobre todo Robben, quien lo hizo con más frecuencia, aunque Wesley estuvo fuera tres meses. Y ambos fueron vilipendiados hasta la saciedad por la prensa, en pleno apogeo de la época Inda como director del Marca. A Robben le dedicaron una portada con el titular «Bien vendido», y Sneijder fue rebautizado Whisky cortesía de uno de los peores periodistas españoles, Miguel Serrano, a quien sus compañeros llaman Látigo, lo que le valió ser renombrado en los comentarios de la web La Libreta de Van Gaal como Ládrido.

Dos defensores que llegaron a Madrid con el cartel de sólidos jugadores fueron Metzelder y Walter Samuel. El alemán apenas jugó 30 partidos en tres años, mientras que el argentino, llamado Il Muro en la Roma, sólo estuvo un curso en Madrid. Emerson venía avalado por Capello, a cuyas órdenes jugó en la Roma, pero su desempeño estuvo lejos de sus años en Italia, donde también jugó en la Juve junto a otro fichaje de la época, Fabio Cannavaro, quien se había proclamado campeón del mundo en Alemania 2006. Sin embargo ya estaba bastante mayor, por lo que su rendimiento fue bastante menor del esperado. Idéntico caso fue el de Carvalho, quien no era el mismo que entrenó Mourinho en el Chelsea.

Kaká es el caso más conocido por la calidad que tenía, el desembolso que supuso, y el nivel que dio. Seguramente sea el jugador que más veces enterró y resucitó la prensa en su paso por España. Owen también llegó como una estrella y no cuajó, aunque marcó bastantes goles teniendo en cuenta los minutos que jugó. La Bestia Julio Baptista no marcó tantos goles como en su etapa en Sevilla, apenas trece en dos temporadas, por 47 en Nervión. Y qué decir de Antonio Cassano. Delantero talentoso pero de carácter volcánico, tuvo enfrentamientos con todos los entrenadores de la Roma. Su paso por el Madrid es recordado por su claro sobrepeso, algo que él admitiría después, cuando dijo que a España vino a vivir la vida.

Dudek vino de suplente de Casillas, se le recuerda sobre todo por el Alcorconazo, aunque en su despedida fue ovacionado por el Bernabéu mientras el equipo goleaba al Almería. De Valero, Panucci y Heinze apenas recuerdo su paso por Madrid. Los mantengo porque mi hermano los puso en la lista y me fío de su criterio.

Es un misterio lo que sucede con estos futbolistas. Llegan con el cartel de grandes jugadores y sin embargo se les recuerda de forma negativa. Lesiones, edad, falta de adaptación o la dinámica del equipo hacen que no brillen como deberían. Luego uno se queda pensando qué hubiera sucedido si todos ellos hubieran estado en el mejor momento de sus carreras y las lesiones les hubieran respetado. No hay manera de saberlo. eso sí, nos deja grandes posibilidades para un ejercicio de fútbol ficción. Igual de ahí se puede sacar hasta una buena novela.

Esos grandes fichajes

29/06/2015

Se ha acabado la Liga, se han dirimido los ascensos a Primera, he de admitir que no sigo las eliminatorias de Segunda B ni la Copa América, la idea que tengo sobre el draft de la NBA es nula, y mi interés por otros deportes es bastante vago. Así que no me queda más remedio que recurrir al clásico de clásicos del verano: los fichajes. Cuanto más culebronero, más portadas copa en la prensa deportiva. Pero ya sabéis que me gustan esos temas tangenciales más que la actualidad candente, así que pienso en hablar de fichajes a mi estilo.

Para los que no lo sepan, una parte de mis ratos libres lo paso en un foro de lucha libre, el wrestling que popularizó Hulk Hogan en los 80. Es cierto que no lo sigo demasiado, pero sigo metido en una de esas locuras que tanto me gustan, las que llamamos e-feds, o empresas de lucha ficticias creadas y administradas por usuarios, con luchadores creados por cada cual. Además de eso, también se habla de fútbol, sobre todo de la Premier, pues abundan los nacidos en la Pérfida Albión. Hace unos días se hablaba de un rumor que colocaba a Asier Illarramendi en el Liverpool. El autor del mensaje decía que si él fuera fan del Liverpool estaría cabreado. No tuvo la repercusión que sí tuvo el supuesto interés del Olimpiakos en Vermaelen. De ahí se saltó a la clásica cascada de pufos que han fichado por Madrid y Barça, culminada por, cómo no, un vídeo de la legendaria Gravesinha. De ahí salió la idea de hacer una lista de esos jugadores que se ficharon a bombo y platillo y resultaron ser un pufo.

Había un problema, empero. A mí no me gustan demasiado las listas. Acaban saturándome, sobre todo cuando se acumulan las infinitas listas de lo mejor del año, o lo más esperado del próximo año. Ya hablé de ello hace tiempo. Tuve la bendita previsión de decir que reduciría las listas a su mínima expresión, no a negarme en redondo a hacerlas. Aunque todo sea dicho, el 95% del esfuerzo lo ha hecho mi hermano. Él adora las listas. Tiene algunas listas de películas de hasta 400 títulos, incluso puede que alguno más. No sé cuántas de ellas ha visto, ni si planea hacerlo en el futuro, cercano o lejano. El caso es que están en alguno de sus míticos cuadernos de cuadros, tamaño folio. Otras están en alguna de esas libretas tamaño cuartilla que nos regala mi tío de vez en cuando. Yo sabía que en su día hizo una lista de esos pufos, centrándose en los del Barça y el Madrid. Él no se acordaba, en cambio yo recordaba específicamente en qué libreta estaba. Y como tenemos la bendita manía de acumular todo tipo de mierda, algo que por supuesto saca de quicio a mi madre, la lista apareció. Dos fotos con el móvil, una por lista, dar a la tecla de envío en el WhatsApp, y mi hermano me salvó el culo para el artículo de la semana. Os traigo lo mejor de cada casa, añadiendo alguno que se escapó de las redes. Una advertencia: que alguno de estos jugadores no merezca ser calificados de pufo depende del lector. Desde luego no tenían o no dieron el nivel que se les suponía.

Empiezo por el Madrid porque uno de los primeros culebrones veraniegos que recuerdo, al menos por encima, es el de Claudemir Vítor. Como sólo recordaba que después de copar portadas apenas jugó, he indagado un poco sobre él y descubierto que, en realidad, lo ficharon para que más adelante Cafú llegase a la casa blanca, cosa que nunca hizo. Pese a jugar tres partidos nada más, en Brasil es más valorado y respetado que aquí. Y además de su fiasco, resulta que también está unido al Real por ser la primera de las dos víctimas de Raúl en el famoso regate del aguanís de la Intercontinental del 98. Cosas de la vida. Antes que él llegó Spasic, por el que se llegó a pagar 200 millones de pesetas y se le recuerda por un autogol contra el Barça. Y hablando del Barça, ambos conjuntos estuvieron peleando por la contratación de uno de los pufos más laureados (Tres champions) de la historia, Karembeu, del que se recuerda más su matrimonio con la espectacular Adriana Sklenaříková, considerada la modelo con las piernas más largas del mundo. Allí compartió vestuario con Iván Campo, uno de los hombres más feos de la historia, y a quien las islas británicas trataron mejor que su paso por el Madrid. De Inglaterra vino Jonathan Woodgate, otro futbolista con mejor cartel del que se recuerda por aquí, lastrado por un año de lesiones y dos autogoles en los diez partidos que disputó en su segunda temporada. Ahí coincidió con el Ogro Thomas Gravesen, rocoso centrocampista a quien le fue mejor en Inglaterra y Alemania. Eso sí, nos dejó algunos detalles que recopila este divertido vídeo.

Como veo que me extiendo, dejo algunos otros nombres de la lista, algunos de ellos no fichados, sino sacados de la cantera, no sin antes mencionar los kilos de gomina que consumía Perica Ognjenovic. Ahí van otros nombres: Elvir Balic, Dejan Petkovic, Edwin Congo, Albano Bizarri, Carlos Secretario, Manuel Canabal, Flavio Conceiçao, Javier Portillo, Javi García, Julien Faubert, Pedro Munitis, Sergio Canales, Paco Pavón, Pablo García, Geremi Njitap, Zé Roberto, Fernando Sanz, Fabio Coentrao, Tote y el inmortal Royston Drenthe. Aparece en la lista un nombre que mi memoria ha decidido enviar al desagüe, pues soy incapaz de ubicar a un tal Balboa, ni habiendo visto su jeta en Google.

Pasemos al Barça. El legado de Johan Cruyff es indiscutible, pero también nos ha dejado fichajes inexplicables, empezando por Romerito. Pero fueron más sonadas las incorporaciones e incorporaciones al primer equipo de los dos últimos años de la etapa del holandés, la del fin del Dream Team. Quizá el más notable fue Xavier Escaich, supuesto sustituto de Julio Salinas, que jugó tres partidos de suplente y marcó un gol, justo al equipo del que se le fichó, el Sporting de Gijón. Uno de los que le cerró el paso fue otro de esos pufos históricos, Igor Korneiev. Otro que pasó sin pena ni gloria esos días fue Xabier Eskurza. Ante la falta de gol, se fichó a Meho Kodro, que venía de marcar 25 goles con la Real Sociedad, y aunque no creo que entre en la categoría de pufo ni de broma, su rendimiento no fue el esperado, por desgracia. Tampoco aportó los tantos que se esperaba Ángel Cuéllar. En la portería, primero Carlos Busquets, padre de Sergio, y Jesús Angoy, yerno de Cruyff, trataron de llenar sin éxito el hueco que dejó Zubizarreta. Del filial salieron varios jugadores prometedores, que se quedaron en discretos (los hermanos Óscar y Roger García), uno algo mejor (Celades) y un hombre que apuntaba a gran estrella pero se quedó en un muy buen futbolista, Iván de la Peña, cuyo segundo paso por Can Barça fue para olvidar, y eso que no fue culpa suya. El Barça de los holandeses nos dejó a clásicos como Ronald de Boer, Bolo Zenden y el legendario Winston Bogarde.

Igual que con el Madrid, no voy a alargarme demasiado y suelto otra retahíla de nombres: Dragan Ciric, Christophe Dugarry, Emmanuel Amunike, Samuel Okunowo, Frédéric Dehu, Dani García Lara, Émmanuel Petit, Richard Dutruel, Fábio Rochemback, Rüstü Reçber, Geovanni Deiberson Maurício, Mario Abrante, Maxi López, Iván Iglesias, Francesco Coco, Oleguer Presas, Philippe Christanval, Sonny Anderson, Keirrison de Souza, Alexander Hleb, Douglas Pereira, Thomas Vermaelen, Santi Ezquerro, Henrique Adriano Buss, y por supuesto el favorito de la afición, Dmitro Chigrinskiy. Añadiría un nombre a la lista debido a la nula repercusión de su paso por el club, pero el trágico final de Robert Enke me lleva a dejarlo fuera.

Cuando uno se pregunta por qué demonios algunos de estos futbolistas llegaron a vestir la camiseta de los dos equipos más importantes de España surgen varias respuestas. Una es que parece que ambos tienen dinero para tirar y no les importa hacerlo. Otra, válida sobre todo para antes de la era de Internet, es que un buen vídeo «de lo mejor de» hace maravillas. Ahora prácticamente te puedes ver todos los partidos de un jugador en una temporada con los infinitos canales de las teles de pago, por lo que debería ser más difícil toparte con un jugador de éstos. Finalmente, uno piensa en los oscuros manejos entre bambalinas, chanchullos entre presidentes, representantes y fondos de inversión. Eso explicaría muchas cosas.

Claro que visto en perspectiva, todos estos jugadores acaban provocando unas cuantas risas al recordar sus peripecias. Sí, también dan disgustos, pero se acaban pasando con el tiempo. Fueron deportistas mediocres que al final acaban dando vidilla a muchas conversaciones. Y entre fichaje interminable y fichaje interminable, se agradecen estos temas más ligeros.

Un final de tragedia clásica

22/06/2015

Minuto noventa y dos y medio. Treinta segundos para que la árbitro decrete el final del partido. El resultado es de dos a uno. Un gol podría bastar para que el equipo que pierde pase de ronda. Por ello están en pleno ataque a la desesperada. Los nervios pueden jugar una mala pasada a cualquiera de los dos equipos y, como si Murphy estuviera escribiendo el guión del encuentro, así sucede. Una de las defensoras está en el suelo, dentro de la media luna. En su afán porque el partido termine corta la pelota con la mano. Reclamación de las atacantes, la árbitro ha visto la acción y señala la falta. Será la última del partido, porque con el tiempo que se tarda desde que se pita la falta hasta su ejecución se sobrepasa ampliamente el tiempo añadido. Tras las protestas, la colocación de la pelota y la barrera, tras las amonestaciones verbales de la juez de la contienda a las componentes de la barrera, tras el trazo de la raya que no ha de pisar la barrera, todo está dispuesto. La lanzadora mira con concentración y desafío hacia la portería. Suena el silbato. La lanzadora golpea, la bola vuela, traza una parábola maravillosa y por una décima de segundo el milagro parece posible. La pelota se estrella en el larguero y sale despedida fuera de la portería en lugar de botar hacia dentro. Pitido final. Estallido de alegría de las vencedoras. Caras de incrédula tristeza y lágrimas en las perdedoras. El espectador cierra la boca tras la sorpresa y trata de digerir lo que acaba de ver.

Con esta escena se despedía la selección española femenina de fútbol del Mundial de Canadá 2015. La participación de las chicas en la cita canadiense ya era todo un logro, teniendo en cuenta que la mayoría de ellas no son profesionales. La selección se marcha de Canadá con un empate y dos derrotas, última del grupo que la enfrentaba a Corea del Sur, Costa Rica y Brasil. Las sensaciones que dejan son agridulces. Ya las ha recogido la prensa, por lo que mi apreciación resulta poco útil, ya que no tiene nada nuevo que aportar. Podría comentar la falta de preparación de la selección, la falta de inversión por parte de la federación, podría comparar la situación de las futbolistas con las jugadoras de baloncesto, que están disputando el Europeo 2015, rayando a gran nivel hasta el momento. Podría hablar de todo eso, pero no. Lo que me interesa es ese final.

Si Aristóteles hubiera vivido en estos tiempos y hubiera tenido un mínimo interés en el deporte rey, cosa harto dudosa, hubiera estado encantado con el final del partido, siempre que hubiera sido un espectador neutral o hubiese apoyado a Corea del Sur. Entre el 335 a. C y el 323 a. C el filósofo escribió su Poética, análisis estético a partir de los personajes y la descripción del género trágico, ya que la parte dedicada a la comedia no ha llegado a nuestros días. En ella introduce un concepto que luego tomaría Freud para el psicoanálisis, la catarsis. Lo que pretendía tal fenómeno era que el espectador purificara sus bajas pasiones al verlas reflejadas en los personajes, y percibir los efectos del castigo sin experimentar el mismo. La obra que Aristóteles toma como referencia es el Edipo Rey de Sófocles que también sirve de inspiración a Freud—, en la que el rey de Tebas, Edipo, ha de investigar la muerte del anterior rey, Layo, para salvar la ciudad de la peste. Debido a las circunstancias vitales de Edipo, acaba descubriendo que él fue el asesino de Layo, que a su vez era su padre, y que estaba casado con su madre, Yocasta. La revelación del descubrimiento lleva al suicidio a Yocasta y a Edipo a cegarse y pedir el destierro, el peor castigo posible para un griego de la época.

Aristóteles analizaría el España-Corea del Sur de acuerdo con los siguientes postulados. Las virtudes de las españolas salieron en la primera parte: buen nivel defensivo y gran capacidad de generar ocasiones de gol, incluyendo la materialización de una, pero sus defectos, léase la falta de acierto de cara a portería que hubiera podido decantar el partido en la primera parte o al menos encarrilarlo, junto con un despiste defensivo en el primer tanto encajado y la mayor efectividad goleadora de las asiáticas, hicieron al combinado nacional pagar con la derrota un partido en el que hicieron méritos para llevarse los tres puntos. El final es el broche perfecto: España tiene una ocasión clara en el último minuto para al menos igualar la contienda (según El País no hubiera bastado, porque el empate hubiera dado el pase si Brasil hubiera ganado por más de dos goles a Costa Rica y sólo lo hizo 0-1) pero el larguero impide el premio, castigando a la Roja, aunque jugase de blanco el otro día.

Podemos discutir si es justo o injusto. Podemos hablar de si España mereció más. Podemos hablar de mil y una posibilidades, pero ciñéndonos a la tragedia clásica, es un final canónico. El espectador comparte la tristeza y el desasosiego de las jugadoras como si él hubiera estado disputando el partido. Fue además doblemente cruel, porque fue estéticamente maravilloso. De haber entrado, todo estaríamos alabándolo como un golazo, incluso si no hubiera servido para que la selección se clasificara. Hubiera mitigado el dolor de la eliminación el marcharse dejando un candidato al gol del torneo. En cambio el larguero puso una punta de veneno en el puñal que se clavó en el corazón de jugadoras y aficionados, digno de Benioff y Weiss, guionistas de Juego de Tronos, que a buen seguro hubieran puesto una sonrisa mefistofélica ante este desenlace. El final fue de una terrible belleza, por robarle la metáfora a William Butler Yeats, de quien se cumplió el 150 aniversario de su nacimiento hace unos días. Sonia Bermúdez no lo sabía, pero estaba escribiendo una obra maestra. Por desgracia para ella, para sus compañeras y los que veíamos el partido, fue un perfecto final de tragedia clásica.

A vueltas con el playoff

15/06/2015

Acaba de terminar una de las semifinales del playoff de ascenso a Primera, con la eliminación del Pucela, el equipo de mi ciudad natal, tras empatar ambos partidos ante Las Palmas, gracias a un gol anotado por Araujo para el equipo amarillo en el José Zorrilla y el empate a cero en el Estadio de Gran Canaria. Al margen de la decepción lógica, me alegraría el ascenso del conjunto de Paco Herrera porque cuenta con uno de esos futbolistas que, además de un incombustible veterano lleno de talento, es un tipo que cae bien por definición, alguien de quien dirías que es buena gente: Juan Carlos Valerón. Me gustaría volver a verle en Primera a sus casi cuarenta tacos. La otra semifinal se disputó mientras redactaba este texto, con remontada histórica del Zaragoza tras superar un 0-3 adverso, ganado 0-4 en casa del Girona.

Pero más que de la eliminación del Valladolid, me interesa tratar más de temas tangenciales al deporte. Esta vez es el actual formato del playoff del que quiero hablar. No estoy seguro de que sea el más adecuado para la competición actual. Dado que la temporada se extiende durante cuarenta y dos jornadas, no creo que añadir hasta cuatro partidos contribuya ni al espectáculo ni al estado físico de los jugadores. Cierto es que premia a equipos que han hecho buena temporada pero no han llegado a pelear por el título o el segundo puesto, pero puede ser contraproducente. He leído (probablemente en Diarios de Fútbol) que la falta del nivel adecuado ha sido uno de los lastres que ha arrastrado el Córdoba esta temporada en Primera. Recordemos que los andaluces se clasificaron séptimos y jugaron el playoff gracias a que el Barcelona B (este año colista) quedó tercero. ¿Demasiado premio a una temporada no tan buena? Podría ser.

Es obvio que la nostalgia tiene que hacer acto de presencia en este momento y no voy a negarle el protagonismo. Servidor creció en los noventa, cuando se jugaba la promoción. Los dos últimos equipos de Primera descendían y subían los dos primeros de Segunda, y el antepenúltimo y el cuarto por la cola de Primera se enfrentaban al tercero y cuarto de Segunda en una eliminatoria de ida y vuelta. El Valladolid era un equipo habitual en estos compromisos. Recuerdo la celebración de una de esas promociones, la que en la temporada 93-94 (el año lo he tenido que confirmar en internet) enfrentó al Valladolid con el Toledo, cuyo estadio tiene uno de los nombres más míticos del fútbol español, el Salto del Caballo. Ganaron los blanquivioletas, y parte de la hinchada se vino a celebrar la victoria justo debajo de mi casa, ya que por aquel entonces formaba parte —un poco ampliada, eso sí—, de una de las zonas de marcha emblemáticas de la ciudad: el Cuadro. No recuerdo exactamente cómo surgió la cosa, excepto que hacía un calor infernal, salimos todos al balcón y mi padre acabó lanzando dos cubos de los que usábamos para fregar llenos de agua, limpia, por supuesto, a los seguidores, que estaban achicharrados. Éstos recibieron la chaparrada con jolgorio y cánticos de «¡Felipe, dimite, [el del] primero presidente!» que a mí me hicieron tanta gracia que los recuerdo sin problemas veintiún años después.

A la hora de analizar las ventajas e inconvenientes de ambos sistemas no me voy a dejar llevar por los recuerdos de cuando era un pequeñuelo. De la promoción me gusta que haya una segunda oportunidad tanto para los de Primera como para los de Segunda. Hay una última tabla de salvación y un clavo ardiendo al que aferrarse antes de cerrar el curso futbolístico con decepción o fiesta. También me gusta que haya opción de premio para los dos mejores después de los ascendidos. Como el fútbol puede ser injusto, a veces el quinto merece premio, otras no. Es imposible cuantificar algo así con antelación. Del sistema actual me gusta que garantice un tercer puesto para el ascenso, pero premia al equipo que asciende y no al descendido. La promoción era más equitativa a ese respecto, aunque tenía la desventaja de que podían darse sólo dos ascensos en una temporada. Con el playoff actual hay tres plazas fijas para los de Segunda.

He estado un rato meditando posibles alternativas que mezclen lo mejor de todas las variantes; ninguna me convence del todo. Tres ascensos me parece lo ideal, al fin y al cabo, los honores en las grandes competiciones se los llevan los tres primeros. Quizá lo mejor sean dos ascensos y descensos directos, con el tercero y cuarto de Segunda disputando una eliminatoria por el ascenso y los clasificados en decimoséptimo y decimoctavo lugar de Primera dirimiendo la otra plaza de descenso. Aunque se pierde algo de la magia del enfrentamiento entre un Primera y un Segunda. Tal vez la solución sea eliminar este tipo de playoff y que ascensos y descensos se determinen al final de la liga regular. Tres suben, tres bajan, no hay segundas oportunidades. Hay que ir a degüello hasta el final. Ahora parece que si no consigues ser primero o segundo pero tienes colchón suficiente te dejas ir para llegar al playoff. Esta opción obliga a pelear hasta el final. Claro que luego pienso en la verdadera causa de este formato y se me quitan las dudas. El playoff garantiza al menos un partido más en casa, con la consiguiente recaudación en taquilla, y lo televisa el Plus. Estando como está la cosa en lo económico para los equipos de la división de plata, no hay discusión. Y si pasas de ronda, más dinerito en la caja.

En resumen, no parece que vaya a haber cambios a corto plazo en esto del playoff, por mucho que a quien esto escribe no le guste demasiado. Luego estaría el tema de los ascensos en Segunda B, pero ahí hay un marrón cojonudo que investigar antes de ponerse a sacar conclusiones precipitadas y de última hora, como hoy. También me deja un posible tema abierto para otro día. Si es que hay ganas.

Explorando la cortina de humo

09/06/2015

Uno se ciñe a las reglas que le imponen, pero a veces salta la vena malvada y entran granas de, si no romperlas, al menos hacerlas lo suficientemente flexibles para que favorezcan a sus intereses. Me refiero a las reglas que me impiden hablar de política y religión en Managerzone, no me seáis malpensados. Como no puedo hablar de lo que hay detrás de la cortina de humo favorita del país estos días, la pitada al himno español en la final de la Copa del Rey, hablaré de la cortina, así que a quien le haya entrado el pánico o el tedio, ya sabe que cuenta con mi beneplácito para dedicarse a menesteres más provechosos.

Sé que es prácticamente imposible reconciliar las posturas entre los que defienden y denigran la pitada, pero creo que se puede llegar a un acuerdo de mínimos en dos puntos concretos. El primero es que han defendido futbolistas como Xavi o políticos como Ada Colau: la pitada es una forma de libertad de expresión. La población tiene el derecho a manifestar su descontento con las instituciones, siempre que lo haga dentro de unos límites razonables. Los pitos lo son. Se silbó con fuerza el himno español, los políticos en el palco pusieron su mejor cara de póker y la final se disputó sin mayores incidencias. Olvidan los críticos que deberíamos poder celebrar no la pitada en sí, sino el hecho de poder disentir, y disentir de la disensión, sin consecuencias legales. Durante mucho tiempo ese derecho se negó en este país, y a día de hoy hay otras naciones donde sigue penado el manifestar el descontento con la política oficial.

El segundo punto es que silbar el himno es una falta de respeto. Existe una parte de los españoles que se sienten identificados con el himno, y les ofende que éste sea silbado. Mi madre suele decir eso de “lo cortés no quita lo valiente” y creo que los ofendidos con los silbidos estarán de acuerdo: se puede expresar con claridad y firmeza el rechazo a determinadas ideas sin decir una palabra más alta que otra, sin usar descalificativos o actitudes agresivas. El problema es que este uso del respeto se usa de forma torticera. Hay indignación por lo sucedido en el Camp Nou pero no por el abucheo a La Marsellesa. La libertad de expresión permite silbar el himno nacional, pero se desataría la tormenta si se hace lo mismo con uno autonómico. Se puede silbar a un presidente de otro partido político, pero no al Jefe de Estado.

En medio de este maremágnum de acusaciones más o menos fundadas, leí algo en un artículo de Contexto que me llamó la atención. Afirma Guillem Martínez que en Estados Unidos el Tribunal Supremo reconoce la quema de banderas como parte de la libertad de expresión y por tanto, protegido por la Primera Enmienda. Teniendo en cuenta que el pueblo estadounidense es infinitamente más sensiblero que el español en lo tocante a los símbolos nacionales, me quedé un tanto turulato. Luego me puse manos a la obra. En 1984, Gregory Johnson participó en una manifestación contra las políticas de Ronald Reagan, durante la convención del partido republicano en Dallas. En ella quemó una bandera americana. Fue condenado por un tribunal tejano a un año de prisión y multa de dos mil dólares por actos vandálicos contra un objeto venerado. Tras perder un recurso, el Tribunal de Apelación criminal de Texas falló a favor de Johnson. El Estado apeló al Tribunal Supremo de Estados Unidos, que ratificó la sentencia en una polémica decisión por cinco votos a cuatro. La resolución completa puede leerse aquí.

Antes de pasar a los argumentos a favor y en contra un detalle importante: mientras que en español hablamos de libertad de expresión, en inglés se dice freedom of speech, esto es, libertad de discurso. Por ello, el tribunal tuvo que decidir si quemar una bandera es un acto discursivo, a pesar de que no se pronuncie palabra. El Tribunal falló que la protección que garantiza la primera enmienda no termina con la palabra escrita o hablada, y que dicha “conducta estaba suficientemente imbuida de elementos comunicativos para entrar dentro del alcance de la primera y la decimocuarta enmiendas”.

El voto definitivo fue del juez William J. Brennan. El juez Anthony Kennedy escribió un texto de concurrencia. Los jueces William Rehnquist y John Paul Stevens uno de disensión. Merece la pena leer algunos de los argumentos a favor y en contra. Traduzco una cita completa del juez Kennedy:

Aunque a menudo los símbolos son lo que nosotros hacemos de ello, la bandera se mantiene constante en expresar unas creencias que los americanos comparten, creencias en la ley y la paz, y en esa libertad que sustenta el espíritu humano. El caso de hoy fuerza al reconocimiento de los costes a los que esas creencias nos comprometen. Es emotivo pero fundamental que la bandera proteja a aquellos que la menosprecian”.

El juez Rehnquist, jefe del Tribunal Supremo por aquel entonces, arguye:

[La bandera] no representa los puntos de vista de ningún partido político concreto, y no representa ninguna filosofía política concreta. La bandera no es simplemente otra “idea” o “punto de vista” que compite por ser reconocida en el mercado de las ideas. Millones y millones de americanos la contemplan con una reverencia casi mística sin importar el tipo de creencias sociales, políticas o filosóficas que tienen”.

Añade que quemar la bandera no es “parte esencial de cualquier exposición de ideas, más bien el equivalente de un gruñido o grito que, es justo decir, es más probable que sea darse el gusto no de expresar una idea concreta, sino contrariar a otros”. Lo que defiende este juez, y apostilla el juez Stevens, es que el castigo a Johnson no fue por expresar sus ideas, sino cómo fueron expresadas.

Es decir, por un lado tenemos la libertad de expresión, aunque suponga permitir la manifestación de ideas que nos disgustan, y por otra, el respeto a un símbolo más allá de ideologías. Ganó por un solo voto la libertad de expresión. Esta sentencia anuló las leyes de cuarenta y ocho estados, que tenían prohibido la profanación de la bandera. Se ha intentado aprobar una enmienda que prohíba este tipo de actos, pero ha sido rechazada por el Senado, quien tiene que ratificar las decisiones del Congreso. Servidor opina que, con todos los fallos de la democracia estadounidense, éste es un acierto del que tendríamos que aprender.

Hay otro aspecto de la sentencia que es importante subrayar, pues puede aplicarse al caso de la pitada en el Camp Nou. Se cuestionaba si el acto de quemar la bandera podía causar o al menos amenazar un quebrantamiento de la paz. El estado de Texas arguyó que quemar la bandera tiende a incitar dicho quebrantamiento. El Supremo rechazó este argumento, indicando que el estado ha de castigar la expresión que incite a “la acción criminal inminente”, y que no siempre se da ese caso cuando se quema una bandera. Esto es clave en la pitada del Camp Nou. Sería imprescindible castigar a los responsables del abucheo si éste hubiera llevado a disturbios. En cambio no fue así. Se pitó el himno y todo transcurrió en paz. Por tanto creo que, si bien el abucheo puede incitar a actos violentos éste no fue el caso. Si se criminaliza todo acto “susceptible de” incitar a la violencia, podría darse el caso de detenciones injustificadas para “prevenir” unos supuestos actos violentos. Algo más propio de una dictadura que de una democracia.

Dejando lo legal y yendo a lo personal, ¿cuál es mi postura al respecto? Lo primero es decir que a mí no me ofende que alguien silbe el himno español. No reniego de mi españolidad, pero opino que el himno y la bandera son representaciones simbólicas, con las que uno puede estar de acuerdo o no. Es importante la nacionalidad de uno, pues dependiendo del país donde uno nazca recibe una educación, unos valores y la libertad o imposibilidad de disentir de ellos. Pero no creo que sea un factor determinante a la hora de juzgar a una persona. Pongo por encima de banderas, himnos y religiones los actos y palabras de cada cual. Ahora bien, que yo no me identifique con los símbolos nacionales, ni me moleste que se les falte al respeto no significa que pueda pedir a todo el mundo que no se ofenda por la pitada de la final de Copa. Sólo pido un poco de comprensión y menos ganas de linchamiento. También pido a quienes pitaron el himno un poco de buena educación. Claro que es difícil esto último, pues el escenario era ideal para que las autoridades se enteraran del descontento de la población y no poder hacer oídos sordos a ello. Las reivindicaciones verbales o escritas pueden no llegar a quienes están dirigidas, por muy respetuosas y bien argumentadas que estén. En cambio, para ignorar algo como una pitada, el Rey y las autoridades hubieran tenido que taparse los oídos, lo que hubiera perjudicado seriamente su imagen.

A pesar de todo, yo no hubiera silbado el himno, por respeto. En cambio, defiendo a quien quiera hacerlo, eso sí, afeándole la conducta poco cortés. Lo que sí pido a todas las partes implicadas es un poco de cabeza. Calma y serenidad para analizar todo lo sucedido. Sé que tal petición va a caer en saco roto, pero no por ello no voy a dejar de hacerla.

Poética de Leo Messi

08/06/2015

Coincidiendo con su vigésimo quinto aniversario, El País lanzó un número especial en el que recopilaba tanto la evolución del periódico como acontecimientos y noticias relevantes en ese periodo, de 1976 a 2001. Para las noticias deportivas pidieron a una treintena de deportistas españoles que eligieran cinco momentos que mereciera la pena recordar: los nueve dieces de Nadia Comaneci en la Olimpiada de Montreal 76; la canasta con la que Michael Jordan sentenció la conquista de su sexto anillo de campeón de la NBA en el sexto partido ante Utah Jazz; la medalla de oro de Fermín Cacho en los Juegos de Barcelona 92; la etapa en Lieja en la que Miguel Induráin destrozó el Tour del 95; y la que nos interesa, el legendario gol de Maradona a Inglaterra en México 86.

Dice Santiago Segurola en su primera frase: «No sabemos quién será el jugador de internet, pero no hay duda de que Maradona fue el futbolista del vídeo». Ya se puede dar una respuesta a esa pregunta planteada hace catorce años. Pero me interesa más el párrafo dedicado a la poesía. Leamos las palabras del maestro:

«Es raro que no se haya escrito un poema sobre esa aventura de gol. Si lo hubiera marcado algún inglés de aquellos días –cosa imposible, aunque al zurdo John Barnes no le faltaba ingenio–, un Tennyson contemporáneo habría cantado la proeza como cantó el viejo Alfred la carga de la brigada ligera en Balaclava. Sólo que esta vez la brigada ligera, es decir, Maradona, derrotó al ejército de defensas que le salió al paso. Lo más parecido al poema ausente fue la exaltada narración de Víctor Hugo Morales».

Esas palabras legendarias, el inolvidable «barrilete cósmico, ¿de dónde viniste para dejar por el camino a tanto inglés?», es poesía pura, se pongan como se pongan los intelectualoides sensibleros. La frase capta toda la intensidad del momento, el asombro ante la carrera imparable del astro argentino, y la posibilidad de que éste realmente no fuera humano. Una metáfora improvisada de impagable precisión y belleza.

La pregunta que me surge es: si aquel gol de Maradona fue merecedor de un poema, ¿cómo se podría elaborar no un poema, sino toda una colección inspirada por Leo Messi? ¿Qué elementos estilísticos recogerían con precisión el estilo del rosarino? He estado dando vueltas y me he dado cuenta de que mi respuesta no puede ser definitiva. Me faltan conocimientos, pues si bien he estudiado bastante poesía, estoy más limitado en ese campo que en el de la narrativa. Además, Leo Messi desafía constantemente las neuronas de los que tenemos que describir sus acciones. Faltan adjetivos y hay que inventar metáforas, como ésta:

Leo es el espejo de Galadriel, la dama del Señor de los Anillos. Mirarse en él muestra cosas que pasaron, otras que ocurrirán y algunas que pueden producirse aunque nunca tendrán lugar.

Yo no tengo tanta audacia como Abel Rojas, pero sí sé los poemas a los que me recuerda el juego del argentino. Sólo la suma de todos ellos nos daría una aproximación a la poética de Leo Messi.

Es imposible no mencionar el poema de Tennyson al que alude Segurola. Para el lector despistado, la carga de la Brigada Ligera habla de uno de los mayores desastres de la historia militar, convirtiendo una sonada derrota en un canto épico tal que uno diría que fue una victoria. Durante la guerra de Crimea, las tropas británicas y rusas combatieron en Balaclava. La orden que se dio a la Brigada fue la de atacar para hostigar a la artillería rusa en retirada, pero un error en la cadena de mando envió a la Brigada a una carga frontal contra los cañones rusos. Tennyson, entonces poeta laureado –es decir, el encargado de escribir versos en ocasiones importantes por orden del monarca–, leyó la noticia en el periódico y compuso los legendarios versos. Uno imagina el humo, los disparos, los cascos de los caballos y visualiza a Maradona ante Inglaterra y a Messi ante el Athletic en la última final de Copa, esquivando tarascadas como metralla, cabalgando sobre dos piernas con en único objetivo de marcar, y pone de banda sonora al propio Tennyson recitando el poema, o el mítico galope del bajo de Steve Harris, mientras Bruce Dickinson exhorta a las masas a que aúllen el «Oh, oh, oh» del estribillo de The Trooper, himno de Iron Maiden inspirado en este poema.

En la misma línea épica se inscribe mi segunda selección: la Canción del Pirata de Espronceda. Tiene un ritmo bombástico que casa a la perfección con las carreras de Leo Messi, pero sobre todo, tiene unos versos que describen la figura del astro:

Navega, velero mío,

sin temor

que ni enemigo navío,

ni tormenta, ni bonanza

tu rumbo a torcer alcanza,

ni a sujetar tu valor.

Así es. No hay enemigo que consiga detener a Messi cuando agarra la pelota y decide inventar un camino a portería que sólo él ve y el espectador juzga imposible. Siempre hay quien trata de restar méritos, olvidando que el fútbol ficción es sólo eso. Leo hace lo que hace y nadie su rumbo a torcer alcanza, ni a sujetar su valor. Los siguientes versos del poema podría decirlos el propio futbolista, si alguna vez encontrase la gracia necesaria para hacerlo:

Veinte presas

hemos hecho

a despecho

del inglés

y han rendido

sus pendones

cien naciones

a mis pies.

Lo de las cien naciones se queda corto, pues son todas las que tienen acceso a televisión o internet las que han caído a los pies de Messi, y creo que son más de las cien del poema. Para terminar con Don José, unos versos que dan lugar a dos interpretaciones:

En las presas

yo divido

lo cogido

por igual:

sólo quiero

por riqueza

la belleza

sin rival.

Mientras que el aficionado lo único que quiere es la belleza sin rival de las acciones del argentino, éste no divide lo cogido por igual, sino que la parte que corresponde a los demás desaparece por la magia de la contabilidad creativa, y sólo se recupera parte ante la amenaza de la ley. Una lástima tener que poner tan gran pero al jugador culé.

Tiene el juego de Leo Messi algo que recuerda a los partidos del patio del colegio, cuando el bueno cogía la pelota y hacía algo que dejaba al resto por los suelos. Quizá Leo no tenga ese aire tan juguetón como la mejor versión de Ronaldinho, lo que no significa que no exista ese eco infantil, lo que me lleva a mi tercera (y quizá más discutible) elección: William Blake. En Canciones de inocencia, Blake escribe un poema llamado The Lamb, el Cordero, que podría cantarse como una melodía infantil, una tonadilla que los niños podrían cantar mientras juegan, igual que parece que Messi juega como los niños. Luego está, por supuesto, una de sus citas más famosas, la que inspiró a Aldous Huxley a titular un ensayo dedicado al uso experimental de las drogas como «Las puertas de la percepción» y a Jim Morrison a bautizar a su banda The Doors. Traducida, vendría a decir lo siguiente:

«Si las puertas de la percepción se purificaran todo se le aparecería al hombre como es, infinito».

Messi ha purificado esas puertas, y nuestra percepción de su fútbol es que es infinito. Cuando creemos que ya lo hemos visto todo con claridad prístina, él hace algo nuevo que deja al espectador asombrado y al cronista desesperado por un nuevo símil. Desde Leo Messi no percibimos el fútbol del mismo modo, por tanto, en ese aspecto, Leo es completamente blakeano.

Para concluir, es necesario hablar de la belleza del juego de Messi. Cautiva al espectador como cautivaba la belleza de la amada a los neoplatónicos, a quien tantos dedicaron sus versos, y pocos como Garcilaso de la Vega. El soneto XXIII describe a la mujer idealizada según los cánones de la época y la invita a disfrutar de esa juventud que no durará para siempre. Quien quiera describir la belleza de los goles de Leo ha de tener la misma delicadeza garcilasiana, y el espectador no ha de desaprovechar la ocasión de recrearse en el fútbol del argentino. Internet captura la belleza inmarcesible de los goles, los regates, los pases, pero estos no durarán para siempre, por lo que hay que vivir este momento futbolístico único exprimiéndolo hasta la última gota, antes de que Messi se aleje como el cowboy victorioso hacia el sol poniente. Puro carpe diem.

En suma, la poética de Leo Messi ha de aunar épica, belleza, delicadeza, un toque infantil y otro trascendente, casi místico. Tal mezcla desafiaría las palabras del reputado crítico literario Harold Bloom, quien afirmó que no se está haciendo nada radicalmente nuevo en la literatura contemporánea. Tal poeta estaría haciendo algo radicalmente nuevo. Aunque quizá no sea necesario. Messi es literatura. Y su propio género literario. Cosa que ningún autor puede reclamar para sí, ni un crítico refutar.

Llegar tarde y mal

01/06/2015

Mi relación con internet y la tecnología es extraña. Tengo un buen teléfono móvil, regalado eso sí, pero parezco mi padre manejándolo. Autoedité mi propia novela en formato digital, pero apenas leo libros electrónicos. Administro mi propia web, pero apenas sé cómo resolver mis problemas cuando llegan. Me gustan los blogs que hablan de fútbol, pero apenas leo uno con regularidad. Y he participado y disfrutado en podcasts, pero no suelo escucharlos.

Estos dos últimos puntos dan pie a mi artículo de hoy. Aunque ya conocía de nombre la web, mi primer contacto con Ecos del Balón fue hace casi dos años, cuando analizaban el fichaje de Neymar por el Barcelona. Me gustó el artículo, análisis profundo y didáctico, centrado en los aspectos técnicos y tácticos, esos que no se ven en los recopilatorios de mejores momentos en YouTube. Leerlo dos años después es una gozada, porque hay detalles que se han cumplido casi exactamente. Sus problemas para arrancar en la banda derecha fueron un gran lastre para él y el equipo en el Barça del Tata Martino; la imprecisión durante algunas fases de las dos temporadas ha llegado a ser exasperante; la necesidad de que Leo Messi volviera a partir por el lado derecho, Neymar por el izquierdo y eliminar el “falso 9” han sido determinantes en el Barça de Luis Enrique, junto a la presencia de un depredador de área como Luis Suárez; el rol de Xavi esta temporada también ha variado, favoreciendo un tipo de juego más eléctrico, y entrando para aportar pausa cuando el partido lo requería; el cambio de paradigma de juego no se produjo hasta esta temporada; y aunque el camino al Mundial ni la propia Copa del Mundo fueron lo que se esperaba, al final el Barça sí ha mimado a Neymar para que crezca, algo que hemos visto en la 2014/15. Eso sí, la pregunta del final ha variado con la incorporación del factor Suárez. Seguro que me dejo más de un punto, lo que sucede es que no quiero alargarme ad infinitum.

Aquí entra mi extraña relación con internet. Lo lógico es que ante semejante artículo uno cayese rendido a los pies de los autores y se hiciera fan de la página. Pues no lo hice… entonces. Craso error. He vuelto tiempo después y siento que me perdido muchas cosas buenas. Demasiadas. Una excelente oportunidad de aprender más sobre fútbol tirada a la basura con la excusa de que los artículos eran demasiado fríos y tácticos, por comparación a los de Diarios de Fútbol, más pasionales y humanos, siempre dentro de lo racional, reduciendo el forofismo a lo mínimo, aunque siempre dentro de las preferencias de cada cual. Ahora me asomo a las historias sobre lo que fue el Dnipro en la época soviética, el Hamburgo hasta los ochenta o la relación entre Gardel y Samitier y me digo: eres gilipollas. Lo separo por sílabas y lo pongo en mayúsculas. Para compensar, cada vez que salta un artículo suyo en mi timeline de Twitter, pincho sobre ello sin dudar. No me leo todos, pero sí todos los que puedo.

El otro elemento clave de este texto es 38 Ecos, el podcast que hacen los miembros del equipo. Mi hermano, que es el devoto oyente, habitual comentarista de la página y cuyo pseudónimo no revelaré para que lo haga él si le apetece, me recomendaba una y otra vez que escuchara el programa. Yo siempre aplazaba la decisión, aunque tenía claro que llegaría el día. Tal día fue el de la vuelta de los octavos de esta Champions, donde el Barça eliminó al City. Dijo mi hermano que escuchara la intro, y tal cual lo hice. Es esa intro donde Abel Rojas empieza pidiendo al oyente que coja un papel y un boli, instrucciones que seguí al pie de la letra. Cuatro minutos después estaba hecho polvo. Abel es un genio, y ya puedo yo estrujarme las meninges que jamás alcanzaré algo tan espléndido como esa intro. También se le puede aplicar (¡por fin puedo hacerlo con propiedad!) esa frase que le dijimos mi mejor amigo y yo a un amigo de él hace dos veranos, por otros motivos: “Hemos estado pensando y hemos llegado a la conclusión (mini pausa dramática) de que eres un cabrón”. En el caso del señor Rojas no sólo un cabrón, sino un maldito cabrón, al que por supuesto adoramos. No en vano califiqué hace poco esas intros como “majestuosas”.

Hace unos días me dijo mi hermano que iba a salir el último 38 Ecos. Yo no le di más importancia, se acababa la liga, así que era lógico que se tomaran un descanso veraniego. Él enseguida aclaró que era el último de todos. Que ya no iba a haber más 38 Ecos. Ni siquiera uno para aglutinar las tres finales que faltaban por disputarse en ese momento. Me quedé un tanto extrañado. No tenía idea de por qué, si por lo que parecía todo les iba de puta madre. Como de costumbre, lo dejé pasar, debido a esa incurable manía mía de querer hacer cincuenta cosas a la vez para acabar haciendo una y mal. Esta mañana de viernes he escuchado el último 38 Ecos. La sensación ha sido extraña. Ya he dicho que no soy un habitual, que lo he escuchado de ciento en viento, aún así, he notado el vacío. Yo tenía curiosidad por saber qué les había parecido la final de la Europa League, con esa extraña decisión de poner a Aleix Vidal de lateral, que no les fue del todo bien hasta que no recuperó su posición natural de extremo, que es una de las cosas que más destacan, y saber qué demonios vieron ellos que no vi yo. Ahora sé que no voy a poder escuchar a Abel, Miguel, Alejandro, Albert y Marc desmenuzar la actuación del conjunto de Emery, ni la del Barça, Athletic y Juve en los partidos que faltan. Me hace sentir triste. Extrapolo lo que siento yo, el oyente no habitual, a lo que pueden sentir los fieles y llego a la única conclusión posible: tienen que estar hechos polvo.

Ha llegado la hora de la despedida. Tengo que pedir perdón a Abel Rojas, Alejandro Arroyo, Miguel Quintana, Albert Morén y Marc Roca por haber llegado tarde y mal a 38 Ecos. Que a pesar de haberlos escuchado en contadas ocasiones voy a echar de menos hasta la cancioncilla hipster que me gusta y es una puta mierda. Que si vuelven a liarla, tal como parece, que cuenten conmigo. Y que no olviden nunca que muchos siempre recordarán eso de “Es lunes, son las once, y somos Ecos del Balón”.

Las mates y el Super Tele

25/05/2015

Hace unas semanas hablaba de la infancia recuperada a través de esas latas de refresco reutilizadas como balones. Los recuerdos volvieron con fuerza la semana pasada, esta vez en forma de Super Tele.

Vayamos por orden. La búsqueda de trabajo, aquí en Galway y en España, se reparte en dos frentes, el virtual y el de calle. A la comodidad de quedarte en casa ante la pantalla del ordenador, buscando en las diversas webs con ofertas de trabajo y enviando currículum por email, hay que sumar el trabajo de vieja escuela, el que incluye fotocopias, mucha suela de zapato, una sonrisa y el descaro de entrar a los sitios sin comprar nada y pedir trabajo. Uno de esos viajes incluyó una tienda llamada Mr. Price, cercana a casa. Es un tipo de tienda similar a las que llamamos de los chinos, artículos baratos de cuestionable calidad, junto con algunas ofertas interesantes en marcas de comida. Me había parecido verlo en otra visita, pero esta vez lo confirmé: tenían varios Super Tele, balón de plástico de la infancia de muchos en los primeros noventa. Había colores a elegir: rojo, azul, blanco y amarillo. Estuve a punto de desembolsar el euro y medio que constaba, pero no era serio. Si ya de por sí es difícil tener en cuenta como candidato a un universitario sonriente pero con coleta de Pablo Iglesias, menos aún si, junto con el CV se va a comprar un balón de plástico. A los pocos días entré en otro Mr. Price con mi novia, y pude dar unos botes y toques de cabeza no consecutivos. Ella dijo que no lo comprara, iba a estar muerto de risa en la habitación. Además, puedo cargarme algo si me pongo a hacer el idiota con él en un espacio cerrado. No me lo he comprado, pero no lo descarto.

Debido a sus características, jugar con un Super Tele tenía un plus de entretenimiento. Al ser sólo una cámara de plástico rellena de aire, no es más que un globo duro, por lo que es muy susceptible a la más mínima racha de viento. Así pues, podías conseguir unos efectos casi inverosímiles por muy mal que le pegaras al balón. Claro que eso lo convertía en una pesadilla para el portero, porque tenía que estar más atento para que no le pillara desprevenido una curva inesperada del balón y le dejase vendido, para jolgorio del chutador, que se creía Dios bendito. Luego llegaron los Mikasa y descubrimos que el Super Tele era infame, como dice mi hermano. Pero eso ya lo cuenta Antonio Agredano.

No hace falta saber mucho de física para entender cómo funciona un balón de este tipo. Como ya he dicho, es sólo una cámara de plástico, sin cubierta alguna. Las distintas capas que recubren un balón de reglamento, como solíamos llamarlos, hacen a éste más pesado. Dichas capas provocan un mayor rozamiento con el aire, lo que ayuda a estabilizar su trayectoria. Así pues, el que conseguía un efecto mínimamente parecido al del Super Tele con un Adidas Questra, el balón del Mundial 94, era el auténtico fenómeno.

Hacer un buen balón de reglamento es todo un arte, aunque no lo parezca. A los hechos me remito. El diamantino Mikasa, robándole el adjetivo a un comentarista de DDF, era un balón difícil de levantar, duro de golpear y terrorífico como viniera hacia ti. El extremo opuesto al Super Tele, por exceso. Del otro lado estarían Roteiro, el criticado balón de la Euro 2004 portuguesa, y especialmente Jabulani, destrozado sin piedad en el mundial 2010 por ser prácticamente ingobernable, excesivamente ligero y casi imposible de detener para los porteros. Vamos, el hermano hipertecnológico del Super Tele. Aunque no todo es malo en este caso. Después de tan duras declaraciones, Adidas se encargaría de probar y perfeccionar Brazuca, el balón del Mundial 2014, del que servidor apenas recuerda malas palabras. Al lanzarlo con tiempo suficiente antes del gran torneo pudieron pulir posibles imperfecciones y evitar a tiempo el desastre.

Toparme con el añorado esférico no sólo me ha retrotraído otra vez a viejos tiempos, sino que me ha hecho hacerme una pregunta al respecto. Pensando en las erráticas trayectorias que puede tomar esta bola cuando la pateas, me pregunto si los profesores de matemáticas y física no podrían habernos enseñado algunos principios de sus asignaturas ilustrados con problemas basados en un disparo de Super Tele. Sé que es complicado, que probablemente no se ajuste a la realidad uno a uno, pero hubiera sido una aproximación que hubiera hecho menos árida la asignatura a los apasionados del balompié, aunque hubiera sido una tortura china para quien no disfrute del deporte. Leí en un suplemento dominical que habían hecho estudios para explicar cómo fue posible un gol fuera de lo normal como fue la bomba inteligente de Roberto Carlos a Francia.

Así que me digo ¿por qué no? Me imagino conceptos como senos, cosenos, tangentes, secantes, rozamiento, trayectoria o velocidad ilustrados con la espléndida rosca que le dio Xavi, a quien los seguidores blaugrana echaremos de menos, al centro medido que remató Messi para asegurar la Champions en el Olímpico de Roma, o por seguir con goles ganadores de Copas de Europa, la no menos espléndida curvatura (menos pronunciada, pero no por eso menos estética) que le imprimió la volea de Zidane en Glasgow. Estoy seguro de una cosa, nos lo hubiéramos pasado como enanos intentando descifrar los misterios de las fórmulas matemáticas si los hubiéramos visto aplicados a goles legendarios. O a roscas imposibles hechas con el Super Tele.

Aunque en mi caso, lo más probable es que hubiera seguido sin entender una mierda.

Hasta las narices

18/05/2015

Poco se podría imaginar Emma Goldman que, de todas las frases que dijo en su vida, se la iba a recordar por el parafraseo de una de sus muchas ideas, hasta el punto de convertirla en un cliché. Pero el concepto que encierra detrás es absolutamente preclaro y sigue vigente en este momento. El “Si no puedo bailar, no quiero estar en tu revolución” es una simplificación del original, que al parecer se originó cuando se hicieron unas camisetas para subvencionar la causa anarquista, según cuenta Alix Kates Shulman. La cita original procede de la autobiografía de Goldman, a propósito de un episodio en el que un compañero anarquista le reprochó su afición por el baile. La frase, tomada del artículo anterior y traducida por mí, sería:

Insistí en que nuestra Causa no podía esperar de mí que me convirtiera en una monja, y que el movimiento no debería volverse un claustro. Si eso era lo que significaba, yo no lo quería. “Quiero libertad, el derecho a la autoexpresión, el derecho de todos a cosas hermosas, radiantes”. El anarquismo significaba eso para mí, y así lo viviría, a pesar de todas las prisiones del mundo, la persecución, todo. Sí, incluso a pesar de la condena de mis propios camaradas viviría mi hermoso ideal”. (Living My Life (New York: Knopf, 1934), p. 56)

Voy a tomar prestada la idea de Goldman para hacer mi propia reivindicación, después de lo leído estos días por Twitter. Quizá haga torcer el gesto a más de uno, pero es lo que hay.

Después de la ida de las semifinales de la Champions entre Barça y Bayern, me metí a internet en busca del vídeo de los goles del Barcelona, pues el partido lo escuché por la radio. En Twitter me encontré algún GIF del regate de Messi, y varios comentarios desdeñosos hacia el fútbol en general, casi todos provenientes de cuentas de fuerte contenido político, en general escorado hacia la izquierda. Fue cuando decidí que ya tenía bastante. A pesar de que estoy de acuerdo con mucho de lo que se dice en contra de este deporte, tengo la impresión de que para tener el carnet de auténtico partidario de la izquierda has de despreciar el fútbol, mirarlo por encima del hombro y regodearte en tu propia superioridad, moral e intelectual, como santos de yeso en un pedestal. Igual que cierto sector del mundo cultural, a los que no me topé la semana pasada pero sí en el pasado, y de los que hablaré luego. Vamos, para todos ellos hay que ser el tipo que reprochó a Emma Goldman que le gustase tanto bailar.

Vaya por delante que no soy un ingenuo, que comparto muchas de las críticas que se hacen al fútbol. Desde la saturación mediática, a las inversiones multimillonarias que vendrían mejor en otros aspectos, pasando por el dinero que los clubes deben a Hacienda y no pagan, o futbolistas como Messi, ante quien me rindo en el campo, no fuera de él. Con la ahora paralizada huelga de futbolistas se han hecho chistes bastante divertidos, aunque un tanto tópicos, y ya que nos ponemos quisquillosos, los abanderados de la izquierda podrían reclamar un porcentaje más decente para los equipos de 2ªB y el fútbol femenino (un 1,5% de los ingresos, según El Confidencial), pero es más fácil hacer un chiste sobre los Lamborghinis de los futbolistas. También lo ponen a tiro, como Neymar estrenando Ferrari tras eliminar al Bayern, como he visto en el As. No ayuda al fútbol la proliferación de personajes como Villar y Tebas, o que directivos de equipos se puedan descolgar con declaraciones tipo “El caso Neymar es un ataque contra Catalunya” (sic), cortesía del vicepresidente del Barça Jordi Cardoner (no enlazo al diario As, por si les da por reclamar dinero), o el presidente Bartomeu tire balones fuera y cargue la culpa del sobrecoste del fichaje de Neymar al fallecido Tito Vilanova, lo que hace que me entren ganas de vomitar, como mínimo. Con todo eso estoy de acuerdo, y me produce la misma repulsa que aquellos a quien aquí critico.

Sin embargo, olvidan un detalle: el juego en sí. Se puede discutir sobre si a cada cual le parece bonito o no. Muchas veces no lo es. Pero de vez en cuando nos regala momentos espectaculares, que atesoramos en el recuerdo o revisitamos en YouTube. Y esta dimensión, la puramente deportiva, es la que obvian y desdeñan los paladines de la moral y la intelectualidad. Así se lo hice notar a una usuaria de la red social literaria Lectyo el año pasado. Reproduzco de memoria por los problemas que me da encontrar la discusión exacta, uno de los grandes fallos de la página. Si alguien tiene interés, está aquí, pero tiene que remontarse a junio del año pasado. Todo comenzó con la polémica sobre la prima que cobrarían los jugadores si ganaban el Mundial (huelga decir que esto fue antes de que empezase la competición, lo apunto para el lector despistado). Se habló de la cantidad y de cómo ese dinero haría maravillas si se donara a causas sociales. Iba a cerrar el pico, por no crear polémica, pero saltó el comentario citado. En el tono habitual de superioridad, la citada usuaria dijo “odio el fútbol”. Y saltó mi lado puntilloso y justiciero (quizá un punto demagógico, no soy tan bueno a la hora de hacerme justicia). Repliqué que lo que ella odiaba no era el fútbol, sino el circo de alrededor: la corrupción, la sobredimensión, y los defectos que cité en el párrafo anterior. Añadí que si realmente odiara el fútbol, también tendría que odiar a todos los jugadores que tienen un trabajo de ocho horas, luego se van a entrenar y juegan los fines de semana en Segunda B o Tercera en condiciones precarias. Y que, de vez en cuando, dan la campanada y la lían en Copa, para desespero de los seguidores del club poderoso y alegría del resto. Es cierto, puede ser demagógico, pero creo que es una distinción que hay que hacer, la de separar el deporte en sí de toda la mierda que le rodea. Y creo que se puede perfectamente disfrutar de lo que pasa en la cancha y criticar despiadadamente la corrupción y el negocio.

Así que, sintiéndolo por los santones izquierdistas y los intelectuales moralistas, voy a seguir viendo y disfrutando del regate de Messi a Boateng, preguntándome cómo demonios hizo Bergkamp para sacarse de la manga el regate imposible que hizo ante el Southampton, o alegrarme porque un equipo como el Carpi, con su campo cochambroso con velódromo incluido, haya subido a la Serie A, y no por eso ser menos que ellos. Ni tampoco voy a sentirlo por disfrutar de los espléndidos artículos que escriben al respecto fenómenos como Juan Tallón, Galder Reguera, Borja Barba, Ruben Uría o Sid Lowe, o escuchar las majestuosas intros de Abel Rojas en 38 Ecos. Al fin y al cabo, no es mi culpa que, hace cien años como ahora, haya quien viva permanentemente con un palo de escoba metido por ya sabéis dónde. Reformulando la frase una vez más, si no puedo disfrutar de lo que me hace feliz, no quiero ser parte de esa revolución.