La suerte del enano

12/11/2020

Cuatro novelas y dos audiolibros después, César Pérez Gellida vuelve a su querida Valladolid para regalarnos otra de sus trepidantes narraciones marca de la casa, esta vez autoconclusiva, y que vuelve a dejar al lector con mono de más.

El libro empieza dejando los dientes largos a quien lee, pues César nos da un pequeño anticipo de lo que va a pasar en forma de flash-forward que pone al lector en guardia preguntándose qué demonios ha pasado para que se llegue a ese punto, sobre todo teniendo en cuenta la localización geográfica de la escena. En el siguiente capítulo arranca la novela, y a quien escribe le hace ilusión que lo haga en la plaza de Tenerías, a la vuelta de su casa. Allí, un sangriento crimen reclama la presencia de Sara Robles, la inspectora que ya apareciera en Sarna con gusto, y su habitual equipo de trabajo. Mientras, dos peculiares personajes se mueven por las alcantarillas de Valladolid abriendo un túnel que les llevará a cometer el atraco perfecto.

Pero como dice sabiamente la voz rasposa (Jorge Pinarello) del canal de YouTube Te lo Resumo Así Nomás: “Todo iba relativamente bien hasta que empieza a ir relativamente mal”: a Sara Robles se le junta el trabajo, porque al crimen inicial se le une el asunto del atraco perfecto, cuya ejecución ha dejado bastante que desear en relación al plan original. A partir de aquí la acción se reparte entre unos policías cada vez más presionados, dada la magnitud del robo perfecto más sus consecuencias, y la de los criminales, que no es menos complicada según se van sucediendo los acontecimientos. Y por el medio se va sembrando uno de los ya habituales giros endemoniados del autor, que va a poner todo, más aún si cabe, patas arriba (otra vez).Una bomba te que estalla en la cara sin que te des cuenta.

Una cosa positiva que tiene La Suerte del Enano es el tratamiento de los personajes: para el lector habitual de Gellida es un placer reencontrarse con secundarios como Matesanz, Peteira, Botello, Navarro, o Herranz-Alfageme (alias Copito), pero ello no supone un problema para quien se aproxime por primera vez al autor. No hay que leerse las anteriores trilogías en busca de referencias que no se entiendan, los detalles del pasado se explican en dos frases (por poner un ejemplo poco comprometedor con la trama, el buen humor que gasta Villamil, el forense, desde que es abuelo), y las gracias y desgracias del elenco son nuevas para todos. Un motivo extra para que el neófito no se eche para atrás a la hora de comprar la novela.

Hay personajes muy interesantes a lo largo del libro, pero que destriparían parte de la trama si se les menciona en esta reseña, por lo que me ceñiré a los mencionados en la contraportada, más uno extra. Se habla mucho de la adicción al sexo de la inspectora Robles, y si bien la lleva por la calle de la amargura, no es la única característica destacable del personaje: a veces demasiado en su mundo, no deja de ser una policía tenaz, con capacidad para el mando y confianza plena en su equipo a la hora de repartir tareas y resolver casos. Sara no es una persona que crea en la suerte, al menos en principio, pero según pasan las páginas se va dando cuenta de que es un factor que no hay que descartar en ningún momento. El robo perfecto cuenta con un cerebro, El Espantapájaros, y tres ejecutores: un exminero, un pocero y un sicario. El Espantapájaros es uno de esos personajes que, a pesar de estar del lado de los malos, acaba por caerte bien: afectado por el síndrome de Marfan, que le proporciona altura, delgadez y extremidades más largas de lo común, es un hombre educado, amante de la filosofía estoica, del mundo del arte, practicante de artes marciales y que irá resolviendo los entuertos de la forma más pragmática posible. Raimundo Trapiello, el exminero, y Carlos Belmonte, alias Charlie, el pocero, comparten cierta historia común, ya que después de un montón de años currando de lo suyo se quedaron en el paro y de brazos cruzados, con una edad que dificulta encontrar empleo nuevo. Charlie optó por dedicarse al robo con butrón y pasó por la cárcel, a Raimundo, en cambio, el encargo del Espantapájaros le vino llovido del cielo. Juntos forman un curioso dúo, en el que el particular carácter de Charlie sacará de quicio a un Raimundo que, en esos casos, no puede evitar ponerse a hablar en bable. El sicario, Émile Qabbani, está empeñado en que reconozcan sus méritos y hará lo que haga falta para cumplir su parte en el robo. Y para esclarecer este asunto, llega como experto en estas lides Mauro Craviotto y su parecido a cierto actor hollywoodiense, lo que será importante para la trama.

Sobre el estilo Gellida se ha hablado ya largo y tendido, pero como siempre hay quien llega por primera vez no está de más recordarlo: las escenas son muy visuales y cinematográficas, descritas con precisión y detalle y bastante gráficas sin regodearse en lo gore. Cuando hay sangre se describe, sobre todo porque la forma de las salpicaduras ayuda a reconstruir la escena, y hay un par de momentos bastante desagradables, sobre todo si se tiene estómago delicado. El ritmo es por lo general trepidante sin caer en la precipitación, y en las últimas escenas del libro está muy bien logrado el juego de perspectivas entre distintos personajes, lo que lleva al lector a girar endemoniadamente las páginas en busca de la resolución del conflicto. A estas alturas Gellida ya ha demostrado de sobra su talento y no defrauda en absoluto.

En suma, César Pérez Gellida vuelve a marcarse un novelón de los suyos, de los que no dan tregua de principio a fin, calculado al milímetro y lleno de sorpresas, que hará las delicias de los Gellidistas y de los que quieran leer al autor por primera vez y les dé un poco de reparo empezar por la primera trilogía. Como dice otra Gellidista nata, María Sotelo, ya no hay excusas: el libro es autoconclusivo y tan bueno como todos los anteriores. Vale la pena apoquinar el precio (o ir a la biblioteca a prestarlo) y devorarlo. Gellida es garantía de calidad (Gellida calidade) y una vez más lo demuestra. A este paso se ha ganado el apodo que le puso Andrés Montes a Latrell Sprewell: melodía de seducción. Porque por muchas trampas que te ponga, por mucho que torture a personajes y a lectores, sus novelas te seducen y te dejan como Mowgli después de mirar a Kaa: con los ojos turulatos y a merced del autor. Y que sea por muchos años.

El peor de los tiempos

05/12/2017

Alexis Ravelo tiene una gran virtud que a la vez es un gran defecto: sus libros suelen ser tan adictivos que se leen de un tirón, aunque te den las tantas de la madrugada (no, no queréis saber a qué hora me acosté hoy terminando el libro), pero desde el punto de vista de un escritor debe ser bastante frustrante que lo que a ti te ha llevado meses completar le dure unas cuantas horas al lector, pero qué se le va a hacer. Será que Ravelo es así de bueno.

La propia portada nos avisa de que ésta es la quinta de Eladio Monroy, aunque no hace falta haberse leído las anteriores para disfrutar de El peor de los tiempos. En esta nueva entrega Monroy recibe una petición de ayuda inesperada: su viejo amigo Pepiño Frades, el gallego, le pide que busque a su hija Elvira, que hace tiempo se marchó de casa para no volver. En principio parece un asunto trivial, pero pronto huele a chamusquina. Y aunque Monroy se ha jurado que no volverá a meterse en líos que le quedan grandes, el Mike Hammer de la calle Murga faltará a su promesa. Para no variar.

La novela es hardboiled puro: protagonista baqueteado por los años y las hostias, el remanso de paz de una mujer de armas tomar y mucho amor, un clásico refugio en forma de bar y su particular clientela, unos malos que van desde lo estúpido a lo depravado pasando por todos los rangos de lo más odioso de la especie humana, y los poderosos haciendo lo que les da la puñetera gana, creyéndose impunes hasta que llega quien les pone los puntos sobre las íes. El estilo no gasta en florituras, el ritmo es rápido pero sin exagerar, las descripciones son detalladas pero concisas, lo que es de agradecer, los diálogos chispean y suenan creíbles. Pero si hay algo característico de Ravelo son las muletillas y expresiones canarias que le dan un aire muy característico y distintivo a las novelas del autor (a lo que volveré más adelante).

Por supuesto, el protagonista más destacado es el propio Monroy, que domina toda la novela, pero cuya sombra no impide brillar a los secundarios. Eladio es un exmarinero duro que frisa los sesenta, desencantado de la política y la sociedad a base de experiencias traumáticas, lector empedernido al que le gusta Jean Patrick Manchette, pero detesta a Houllebecq, sobre todo El mapa y el territorio, aunque luego dicho título aparezca varias veces a lo largo de la novela como muletilla; escucha a Tom Waits y no duda en usar los métodos que haga falta para llegar hasta el fondo de las cosas (otro tema a desarrollar). Hace una curiosa pareja con Gloria, librera que vive un par de pisos encima de él, con la que comparte el amor por la literatura y una convivencia al ritmo que mejor les apaña. Otras dos mujeres importantes son Paula, hija de Eladio, y su pareja de deshecho (como ellas mismas dicen) Mónica, dúo que aporta contrapunto cómico sin caer en lo ridículo, pero que ponen armas y bagajes al servicio de Monroy cuando se pone serio, y forman peculiar terceto con Gloria, denominándose Las Tres Desgracias. El comisario Déniz ha salvado el culo a Eladio más de una vez y más de dos, y siempre saca la cara por él, aun cuando las cosas que haga le pongan en un brete con sus superiores. Finalmente, por no destripar en exceso la trama pintando un retrato de los malos, el más interesante sea Humberto Dorta, que es uno de los que mejor está dibujado, y es más atractivo para el lector.

Pero si hay un personaje que permea toda la novela (y en general la obra de Ravelo) es la ciudad de Las Palmas, y también, en menor medida la isla de Gran Canaria. Ravelo se la conoce al dedillo, de las barriadas pobres y obreras a las urbanizaciones de ricachos de fortunas más o menos dudosas, y se mueve por ellas como por el salón de casa. Tiene gran habilidad a la hora de presentar todo esto, como sin darle importancia, sin aturullar al lector con detalles innecesarios, pero a un tiempo haciendo un retrato completo (y entiendo que fidedigno) de la zona, lo que unido a las particularidades del clima canario en diciembre y las ya citados giros lingüísticos de la isla (que están en su justa medida y no impiden la comprensión del texto) le dan ese aroma propio que tanto suele gustar al lector de novela negra: un lugar distinto pero reconocible, en el que es un foráneo pero se siente como en casa, y que da valor añadido al autor.

También resalta un tema recurrente en el género es la moralidad de los personajes. A Eladio Monroy nos lo presentan como uno de los buenos, luchando por lo que es justo y contra los abusos del poderoso, pero sus métodos ponen en duda esta visión. Si hay que dar hostias, se dan. En plural. Y no alguna bofetada esporádica o algún puñetazo: hostias como panes, de las que pueden mandar a alguien al hospital un mes entero. El truco consiste en ponerle al lado de personajes realmente buenos (Gloria, Paula) y enfrentarlos a unos malos que hacen cosas más atroces que él, sin remordimiento ni culpa (aunque sin ser malos-malísimos de cartón piedra, sus matices son los que les hacen personajes interesantes), y dejar que sea el propio lector el que juzgue.

Ravelo es perro viejo del oficio de escritor y se nota. No necesita (pero merece) todos los galardones y alabanzas que reciben sus novelas, pero vuelve a entregarnos otra novela potente y adictiva que no desmerece al lado de sus mejores obras. Un valor tan seguro que hace que en cuanto pueda hacerme con algo de él caiga en mis garras, para asombro del caballero que leía el argumento de otra novela en la mesa de novedades de la biblioteca y al que no di opción de coger El peor de los tiempos. Éste libro es para mí, arrebatandolo de un zarpazo. Y no me equivocaba. Leed este libro, y todo lo que escribe Alexis Ravelo. Triunfo asegurado.

Drive-by Truckers – American Band

15/11/2017

Nunca le agradeceré lo suficiente a Javier Lucini lo que está haciendo desde la editorial Dirty Works. No sólo con los libros que está traduciendo (en su mayoría) y editando, sino por el blog que escribe dentro de la página web de la editorial, en el que reseña discos y series en la onda de la editorial: mucho country y rock sureño, esos estilos tan propios de la llamada América Profunda. Sólo me queda leer dichos libros, ir picoteando de aquí y allá en sus recomendaciones, pedirle que vuelvan a sacar camisetas (¡se agotaron las de chico!) y glosar el primero de los discos que escuché de entre sus reseñas, este sensacional American Band de Drive-by Truckers.

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Hijos del fútbol

06/11/2017

Recién salido del horno cayó en mis manos este libro de Galder Reguera de la forma más inopinada. Fui a la biblioteca a devolver un libro y sacar otro en concreto, cuando me topé con Hijos del fútbol en el mostrador de novedades y saltó a mi mano en un nanosegundo. Ya conocía los textos que Galder publicó en Diarios de Fútbol bajo el pseudónimo de Dadan Narval, que siempre fueron de mi agrado, así que la cosa estaba clara: puse su libro el primero de mi sempiterna pila de libros por leer.

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Doñana es arte

28/08/2017

Doñana es arte es una iniciativa que surge tras el incendio de Moguer de la mano de la ilustradora Nélida Alhambra. Dado que no podía colaborar de forma física en la extinción del incendio, decidió abrir un proyecto solidario en el que se combinan relatos, poesía, fotografía e ilustración. Con la ayuda de la escritora Itsy Pozuelo y el editor José Luis Pastor Díez (Suseya ediciones) han conseguido la colaboración de cientos de autores, ilustradores y fotógrafos de España y de fuera de nuestras fronteras para publicar tres volúmenes a partir de la segunda quincena de septiembre, cuyos beneficios irán íntegramente a ARBA (Asociación para la Recuperación del Bosque Autóctono). Todos los poemas y relatos están inspirados o bien en Doñana, o el incendio de Moguer, o en la naturaleza en general. Los tres volúmenes son los siguientes:

—Un libro con 30 relatos e ilustraciones en formato papel.

—Un libro con 30 poemas y fotografías en formato papel.

—Un libro en formato PDF con los poemas y relatos que no fueron seleccionados para las ediciones en papel, y que estarán disponibles tanto en versión digital como en impresión bajo demanda (la plataforma para esto último no ha sido anunciada).

Servidor colabora en el poemario en papel con un poema llamado “Fahrenheit 752”, y en la edición digital con un relato titulado “La posibilidad de un vergel”. Espero que la iniciativa sea de vuestro agrado y colaboréis con nosotros. A medida que se vayan produciendo novedades os iré teniendo informados, tanto por mi web como en redes sociales.

¡Viva Doñana!

Portada del libro de relatos:

Más info aquí.

En la noche de los cuerpos

21/06/2017

Este verso de Alejandra Pizarnik sirve a Esther Ginés para dar título a su segunda novela, una historia breve pero intensa que publica la editorial Adeshoras.

La novela tiene forma de confesión: Cecilia, una joven enamorada de Olivier, un pintor francés que la tiene como musa, decide ayudarle a secuestrar a una desconocida, Laia, en la que ve todo aquello que lleva persiguiendo. A modo de expiación, Cecilia escribe una suerte de memorias dirigidas a Laia, en la que explica cómo llegaron al extremo del secuestro, los pormenores del mismo y sus consecuencias.

Quien de primeras lea la breve exposición del argumento del párrafo anterior se puede llevar a engaño, más si conoce los gustos de quien reseña. Pese a que este libro comparte algún rasgo con las novelas sobre secuestros (temática, personaje siniestro, estilo sencillo), En la noche de los cuerpos no se parece apenas a obras como Sarna con gusto o Delincuentes de medio pelo. La narración se divide en cuatro partes narradas en primera persona: la primera tiene la voz de Laia la mañana del secuestro, después pasa a Cecilia, quien tras una breve exposición da paso al cuerpo principal de la novela, y cierra un breve epílogo con las consecuencias de su propio relato. Pero en lugar de seguir un estilo de narración lineal, la trama se desarrolla serpenteante, dando saltos entre las motivaciones de Cecilia, los hechos del secuestro y las vivencias anteriores de la joven, evitando hacerlo de forma cronológica, invitando a una lectura más reposada.

El inconveniente que puede surgir de esta forma de narrar menos convencional lo solventa la autora con el estilo: sencillo, claro, con frases cortas y sin artificios innecesarios. La lectura es ligera, lo que permite ahondar en las profundidades psicológicas que llevan a Cecilia a colaborar en un secuestro. Si bien esta sencillez la emparenta con la novela negra, como se ha dicho arriba, es una sencillez mucho más poética e intimista que las habituales cuchilladas con las que se despacha el género negro. Hay que alabar la elección de estilo: no sólo facilita una lectura que podía convertirse en un fárrago considerable, sino que está perfectamente conseguido, siendo evocador y lírico al mismo tiempo.

Hay dos elementos del libro de los que cuesta hablar, para no arruinar el misterio con el que se afronta la lectura de esta novela: personajes y el arte y literatura mencionados en la misma. En cuanto a los primeros, el peso recae en el trío protagonista, con apariciones puntuales de los padres de Cecilia y una especie de aya que cuida de la joven después de los acontecimientos principales, aunque de estos últimos apenas destaca la madre. Huelga decir que, dado que Cecilia es la narradora conocemos sus motivaciones más a fondo que del resto, pero el retrato que pinta de Laia es no menos poderoso, a base de sus pocas palabras y muchos silencios. Olivier aparece retratado a pinceladas, como si de un boceto se tratase, pero no queda peor definido por ello. Su presencia es más vaporosa a ratos, pesa su ausencia en otros, y cuando aparece tiene toda la intensidad que se le requiere.

En lo tocante a las artes, a servidor le ha resultado particularmente agradable la presencia de los pintores elegidos, que son muy de mi gusto. Las reflexiones a propósito del papel de las mujeres en el arte son otro de los aciertos del libro, aunque no se ahonde en ellos para evitar arruinar sorpresas. La poesía es el otro arte de gran importancia en la novela. Además del título, unas veces aparecen versos de otros poetas a lo largo de la narración, otras se usan para describir a alguno de los personajes. Por mencionar alguno que no sea relevante para la trama, a la cita de Pizarnik con la que se abre y titula el libro la acompaña otra de Charles Bukowski. Y sin destripar gran cosa, añadir que la sombra de Shakespeare es alargada. Tanto arte como poesía están perfectamente hilados en la narración, permitiendo que fluya con naturalidad como parte lógica de la historia y no como artificio introducido con calzador por la autora.

No me gustaría cerrar esta reseña sin una reflexión que no tiene que ver estrictamente con la novela. He tenido la fortuna de charlar con Esther varias veces y ambos hemos expresado la misma queja: la dificultad que tienen los autores jóvenes españoles de hacerse un hueco en el mundo literario. Es cierto que de vez en cuando se apuesta por autores que no se ciñen a lo que dictan los gustos más convencionales, pero se tiene la sensación de que o escribes el best-seller del momento o nadie dará un duro por ti. Es verdad que, si bien En la noche de los cuerpos se aleja de la narrativa más tradicional, es una novela al alcance de cualquier público: aunque requiere algo más de esfuerzo de lo habitual, se lee con facilidad, es entretenida y no renuncia a entrar en temas trascendentales. Servidor opina que con un poco de apoyo de una editorial algo más grande y un márketing apropiado, se estaría hablando de Esther Ginés como de una de los nuevos talentos nacionales a los que prestar atención, tanto en prensa tradicional como en medios digitales especializados. Por eso hay que dar las gracias a la editorial por hacer esta apuesta, y desear que otros sellos se animen y apuesten por autores españoles jóvenes y talentosos, sobre todo si se llaman y escriben tan bien como Esther Ginés.

Cuchillo de palo

11/10/2016

Como ya viene siendo habitual, cada vez que César Pérez Gellida saca novela nueva tengo una cita en la librería y otra con mi faceta de reseñista literario, que además últimamente se ha convertido en mis pocos encuentros con la prosa y mi página web, una tendencia que espero cambiar, aunque no prometo nada.

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Seis días

19/07/2016

Esta novela es una de ésas que, aunque capten tu atención cuando te enteras de su existencia, tardas un tiempo en leer. Si no recuerdo mal, fue este artículo en la revista Contexto el que me puso tras la pista de este libro, pero no ha llegado a mis manos hasta ahora. Y es una lástima haberme perdido Seis Días todos estos meses.

Ryan Gattis no estuvo en los disturbios de Los Ángeles de 1992, pero dada la recurrencia de los mismos en conversaciones que iba manteniendo con un grupo de grafiteros de South Central, estuvo dos años y medio documentándose para poder escribir Seis Días (All Involved, edita Seix Barral con traducción de Javier Calvo), una novela que se articula en torno al relato en primera persona de diecisiete personajes implicados de algún modo u otro en los disturbios. La mayoría son miembros de la banda de Gran Destino, pero también hay un bombero, una enfermera, un misterioso personaje que pertenece a alguna rama del ejército, un yonqui, un traficante, o un veterano de Vietnam totalmente desquiciado.

La acción se desencadena con el asesinato de un joven mexico-americano llamado Ernesto, que trabaja en un puesto de tacos en Lynchwood, South Central. Ernesto no está implicado en ninguna banda, pero paga las consecuencias de que sus dos hermanos pequeños sí lo estén. A partir de ahí se produce un efecto dominó que conduce a venganzas, robos e incendios entre bandas rivales, todo narrado con un ritmo feroz que no da apenas tregua al lector. Gattis acelera desde el primer minuto y no suelta al lector hasta el final, ni aún cuando llegan curvas cerradas. Y a pesar de que sean diecisiete puntos de vista los que se nos ofrece, están perfectamente hilados, no hay ninguno que esté fuera de lugar o sobre. A quien le guste buscar las costuras a la trama se las va a encontrar perfectamente rematadas.

Cada uno de los personajes están perfectamente definidos, incluso aquellos cuyo capítulo apenas ocupa unas páginas. Todos sin excepción tienen claros y oscuros que el autor muestra, pero no juzga. Incluso los pandilleros más violentos tienen algún detalle, algún gesto que invita al lector a simpatizar con ellos. Son otros personajes y no el autor los que ayudan a poner en perspectiva que estos muchachos, a pesar de ser muy jóvenes, matan, roban, extorsionan, trafican y consumen drogas. Pero no se nos presenta como una historia moralizante de la que haya que sacar conclusiones sobre lo bueno o malo de los actos de sus protagonistas. Es una historia descarnada, cruda, en la que unos pagan las consecuencias de actos propios o ajenos, sin un sentido estricto de la justicia. Durante los seis días que duraron los disturbios las leyes quedaron en suspenso e imperó el todo vale, la ley del más fuerte. Es el lector quien ha de sacar las conclusiones sobre el destino de los personajes. Y no son las más halagüeñas en general. Huelga decir que la propia ciudad de Los Ángeles no es un mero escenario, sino otro personaje más de la trama.

El estilo de Ryan Gattis ha suscitado comparaciones positivas con series como The Wire o The Corner, ambas creadas por David Simon para la HBO. Las similitudes son evidentes, tanto en la forma episódica y coral de la narración como en la crudeza de lo que se cuenta, así como en la ambientación en los barrios marginales de las ciudades de Baltimore las unas y Los Ángeles la otra. Tanto es así que la HBO ha comprado los derechos televisivos de Seis Días, noticia para poner los dientes largos a cualquiera. Si además confirmasen a David Simon a los mandos de la serie, las expectativas serían estratosféricas. En lo literario, se ha comparado a Gattis con Dennis Lehane o George V. Higgins, y aunque tiene similitudes con ambos, la comparación más acertada es la que hacen con Richard Price, autor de Clockers y Los Impunes, además de guiones para cine y televisión como El color del dinero o la propia The Wire. Ambos comparten la forma de describir escenarios de forma precisa pero no prolija, la definición de unos personajes contundentes y la ausencia de una mirada crítica con ellos: como el buen documental, dejan el juicio al lector.

Un punto donde me gusta pararme cuando leo novelas que están escritas originalmente en inglés es en la traducción, no en vano tiran los estudios de Filología Inglesa del arriba firmante. En este caso la traducción la firma Javier Calvo, un valor seguro en el oficio. Normalmente presto bastante atención a calcos que chirrían o a expresiones en jerga. En esta ocasión no hay pegas que poner con los primeros, y por lo que se deduce de lo leído, no hay mucha jerga en el original, o no es demasiado intrincada. Hace no demasiado tuve que dejar “Breve historia de siete asesinatos”, que compré en inglés, porque me perdía con el slang jamaicano (tampoco ayudaban las horas intempestivas ni la situación personal, pero eso es problema mío). En general, el trabajo de Calvo es bueno, pero cuesta emitir un juicio justo sin haber comparado original y traducción. Pero si aplicamos una frase que leí en internet, no news means good news, la falta de noticias son buenas noticias, podemos hablar de que el trabajo de Calvo son buenas noticias.

Hace unos años, un amigo de entonces y yo repetíamos a menudo una frase de la adaptación de Miedo y Asco en Las Vegas que dirigió Terry Gilliam, aunque no tiene tanta gracia como la que nos hacía a nosotros. En un momento dado, Raoul Duke (Johnny Depp) se hace pasar por piloto de la carrera que en realidad ha ido a cubrir. Cuando le preguntan qué moto conduce, él responde “Una… ¡de las cojonudas!”. Así leído no es la frase más memorable o divertida de la película, pero no se me ocurre mejor definición que ésa para esta novela. Seis días de Ryan Gattis es una de las cojonudas. Leedla, pero ya.

Al final, muere

16/06/2016

Este segundo libro de Paula Aguirrezabala no entraba en mis planes de lectura, pero una de esas vueltas que da la vida me llevó a interesarme primero y a hacerme con él después.

 
“Al final, muere” nos presenta a Candela, una asesina exquisita, que ha cambiado su España natal por Estados Unidos, donde acaba mezclando el placer que obtiene matando y el dedicarse a ello como profesión. Debido a su particular método resulta ideal para quienes deciden contratar sus servicios. En medio de esta vida tan peculiar hay tiempo para una extraña relación con un hombre, Espéns, castellanización que Candela impone a Spencer Reid y que suena más catalán que castellano; y la aparición de un extraño libro llamado “Ouija”, que llegó a manos de Candela directamente de su autora, Paula Aguirrezabala. Este libro será el detonante que lleve a la novela a su fin.

 
Aunque formalmente se nos presenta este libro como una novela, hay bastante más que eso. El hilo conductor son unos capítulos que alternan el punto de vista de Candela, el de Espéns y la narración en tercera persona, dando la impresión de ser una serie de relatos cortos con unos protagonistas comunes. También están salpicados por los poemas que, de vez en cuando, escribe Candela. En cuanto a “Ouija”, es una colección de poemas y textos breves de prosa poética intercalados en mitad de la narración como punto de inflexión de la narración principal. Con estos ingredientes es difícil decir que ésta sea una novela al uso.

 
Cuando compré el libro, era consciente de que no iba a encontrarme la típica narración negrocriminal. También de que el estilo que destilan los tweets de Paula no es el que más me guste, sin que signifique ello que sea peor que otros, sólo distintos. Que no se equivoque quien tenga dudas: en “Al final, muere” hay asesinatos explícitos, la sangre brota a borbotones, los golpes duelen y parten huesos; en ese sentido no hay sitio para memeces. También aparece algo clásico del género: los diálogos rápidos, chispeantes, cargados de respuestas irónicas que parecen estocadas verbales. Es una marca de género que Balló y Pérez en “El mundo, un escenario” rastrean hasta “El sueño de una noche de verano”, con parada y fonda en “The Big Bang Theory”. El resto del estilo se aleja del áspero y cortante universo noir para optar por uno más poético, cargado de metáforas, manteniendo la sencillez del lenguaje de las novelas del estilo.

 
El personaje de Candela domina toda la narración. Es una psicópata de manual, fría, y despiadada, la perfecta ama de una mazmorra BDSM tanto por personalidad como por estética, arrogante, de lengua afilada y divertida, al tiempo que rabiosamente humana: le gusta el tacto de la fruta y que su compañero de armas lleve el chaleco de lana granate con el que está tan guapo. Se indigna con ciertos comportamientos humanos, y aprovecha para atizar al patriarcado o a la tiranía psicótica de las hordas de Karl Lagerfeld (el nombre de él no aparece en el libro, es de mi cosecha), que martirizan a adolescentes con unos kilos “de más” hasta el punto de llevarlas al suicidio. Su costumbre de matar sólo a quien lo merece la emparenta con Frank Castle, The Punisher, aunque sea el único rasgo que tienen en común, pues ella seguiría matando a los buenos si se le acabasen los malos, algo que Castle no permitiría. Mientras leía se me pasó la cabeza que sería divertido un crossover con estos dos personajes intentando asesinarse mutuamente, con la posibilidad de un polvo entre medias: Candela sería capaz de seducir a quien quisiera, y no sería improbable que se encaprichara del fornido ex-veterano de Vietnam, y sabemos que Castle no es de piedra, como vimos en la saga MAX con Garth Ennis al guión.

 
El personaje de Espéns es el contrapunto de Candela. Ella llega a la escena donde él recibe una paliza y le salva de ser acuchillado. Después acaban conviviendo juntos en una extraña relación: son cómplices en el crimen, pues él fue un reputado criminólogo hasta que se vio obligado a dejar el F.B.I. por un incidente saldado con una muerte. Ella aprovecha la memoria eidética y el coeficiente 187 de él (como un Sheldon Cooper reconvertido a personaje de C.S.I.), para planear sus letales trabajos, y él es su cómplice y encubridor. Él está fascinado con ella y ella le encuentra tierno y adorable a veces, pero no son amantes ni pareja, aunque compartan cama. Su relación coge los habituales conflictos de una pareja que viven juntos, les despoja del sexo y los lleva al extremo gracias a las personalidades de ambos. Si se le puede aplicar la palabra romance, sería uno de los más extraños que conozco.

 
Un hecho trivial como la llegada de un jarrón que Candela no sabe dónde colocar introduce en la narración “Ouija”, el libro que Paula Aguirrezabala regaló a Candela la noche en que Paula presentaba su obra en un bar de Madrid. La particular historia del encuentro hace que ambas mujeres conecten, y que Candela, cosa inhabitual en ella, haga caso a Paula: no leer el libro de inmediato, guardarlo y olvidarlo hasta que reaparezca en la vida de Candela. La presencia de este libro me ha traído un eco lejano de “Nana”, de Chuck Palahniuk, porque el manuscrito original que contiene la “nana de la muerte” y “Ouija” son dos libros venidos del más allá, con un conocimiento (en teoría) no humano. Pero mientras que el manuscrito de la novela de Palahniuk existe pero no se conoce ni forma ni contenido y lleva a una búsqueda del tipo Santo Grial, “Ouija” es tangible,aparece donde menos lo espera la protagonista y podemos leer su contenido.

 
El librito que Paula Aguirrezabala intercala en mitad de “Al final, muere”, son una serie de relatos breves y poemas de corte autobiográfico, donde nos invita a entrar en los abismos de su mente y su personalidad, tejidos con hilo de seda como red de seguridad. En ellos encontramos amores, desamores, impulsos suicidas frustrados, sexo, alcohol, poesía no sólo en forma de poemas, y las fosas abisales de la tristeza, que son familiares al lector, aunque ni siquiera haya descendido unos metros en ella, y en caso de llegar al fondo, mejor no tocar los tapetes blancos de la abuela. Vamos, alegre como un disco de Funeral Doom, lo que no tiene nada de malo, me gusta el Funeral Doom. Son unos pasajes que casan mejor con el estilo que muestra la autora en Twitter y Facebook, y que encajan menos con lo que a mí me gusta, sin que ello los desmejore en relación al resto del libro.

 
Hay algo en la novela que me ha hecho gritar de rabia: ciertas castellanizaciones de palabras extranjeras, algo bastante en boga en estos tiempos. Hay algunas que admito, como Manhattan escrito con jota y no hache, pues la intención del pasaje es claramente humorística, otras como mozzarella sin la doble zeta ni la doble ele, o whisky destrozado con ge y u con diéresis son horribles. Es una de mis manías, por lo que no puedo culpar a la autora, pero me desagrada particularmente, sobre todo si encuentro hermosa la palabra original, como en el caso de mozzarella. También he cazado alguna errata, como ansías por ansias, pero olvidé apuntar la página. Aunque molestas y evitables, las erratas son humanas, no me desagradan tanto como las castellanizaciones innecesarias.

 
No tenía demasiada idea de si este libro iba a gustarme o no, pero lo ha hecho. Se lee con facilidad a pesar de los cambios de estilo y voz narrativa, engancha, es original y divertida. También tiene una gran virtud, y es que Paula Aguirrazabala posee voz propia, reconocible en cualquiera de sus textos, algo que no siempre es fácil de conseguir. Quizá no sea una novela que guste a todo el mundo (es fácil tacharla de gafapasta y hipster), pero merece la pena sumergirse en sus páginas.

Sarna con gusto

20/04/2016

Hace poco más de un año, al abrir las páginas de Khimera de César Pérez Gellida nos encontramos publicidad de su nueva novela, Sarna con gusto, protagonizada por uno de nuestros personajes favoritos, el inspector Ramiro Sancho. Buena forma de poner los dientes largos a los lectores. Desde el siete de abril podemos leer las aventuras del poli pelirrojo favorito de España, y aunque he tardado un poco, ya lo he terminado y aquí está reseña.

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