Las mates y el Super Tele

25/05/2015

Hace unas semanas hablaba de la infancia recuperada a través de esas latas de refresco reutilizadas como balones. Los recuerdos volvieron con fuerza la semana pasada, esta vez en forma de Super Tele.

Vayamos por orden. La búsqueda de trabajo, aquí en Galway y en España, se reparte en dos frentes, el virtual y el de calle. A la comodidad de quedarte en casa ante la pantalla del ordenador, buscando en las diversas webs con ofertas de trabajo y enviando currículum por email, hay que sumar el trabajo de vieja escuela, el que incluye fotocopias, mucha suela de zapato, una sonrisa y el descaro de entrar a los sitios sin comprar nada y pedir trabajo. Uno de esos viajes incluyó una tienda llamada Mr. Price, cercana a casa. Es un tipo de tienda similar a las que llamamos de los chinos, artículos baratos de cuestionable calidad, junto con algunas ofertas interesantes en marcas de comida. Me había parecido verlo en otra visita, pero esta vez lo confirmé: tenían varios Super Tele, balón de plástico de la infancia de muchos en los primeros noventa. Había colores a elegir: rojo, azul, blanco y amarillo. Estuve a punto de desembolsar el euro y medio que constaba, pero no era serio. Si ya de por sí es difícil tener en cuenta como candidato a un universitario sonriente pero con coleta de Pablo Iglesias, menos aún si, junto con el CV se va a comprar un balón de plástico. A los pocos días entré en otro Mr. Price con mi novia, y pude dar unos botes y toques de cabeza no consecutivos. Ella dijo que no lo comprara, iba a estar muerto de risa en la habitación. Además, puedo cargarme algo si me pongo a hacer el idiota con él en un espacio cerrado. No me lo he comprado, pero no lo descarto.

Debido a sus características, jugar con un Super Tele tenía un plus de entretenimiento. Al ser sólo una cámara de plástico rellena de aire, no es más que un globo duro, por lo que es muy susceptible a la más mínima racha de viento. Así pues, podías conseguir unos efectos casi inverosímiles por muy mal que le pegaras al balón. Claro que eso lo convertía en una pesadilla para el portero, porque tenía que estar más atento para que no le pillara desprevenido una curva inesperada del balón y le dejase vendido, para jolgorio del chutador, que se creía Dios bendito. Luego llegaron los Mikasa y descubrimos que el Super Tele era infame, como dice mi hermano. Pero eso ya lo cuenta Antonio Agredano.

No hace falta saber mucho de física para entender cómo funciona un balón de este tipo. Como ya he dicho, es sólo una cámara de plástico, sin cubierta alguna. Las distintas capas que recubren un balón de reglamento, como solíamos llamarlos, hacen a éste más pesado. Dichas capas provocan un mayor rozamiento con el aire, lo que ayuda a estabilizar su trayectoria. Así pues, el que conseguía un efecto mínimamente parecido al del Super Tele con un Adidas Questra, el balón del Mundial 94, era el auténtico fenómeno.

Hacer un buen balón de reglamento es todo un arte, aunque no lo parezca. A los hechos me remito. El diamantino Mikasa, robándole el adjetivo a un comentarista de DDF, era un balón difícil de levantar, duro de golpear y terrorífico como viniera hacia ti. El extremo opuesto al Super Tele, por exceso. Del otro lado estarían Roteiro, el criticado balón de la Euro 2004 portuguesa, y especialmente Jabulani, destrozado sin piedad en el mundial 2010 por ser prácticamente ingobernable, excesivamente ligero y casi imposible de detener para los porteros. Vamos, el hermano hipertecnológico del Super Tele. Aunque no todo es malo en este caso. Después de tan duras declaraciones, Adidas se encargaría de probar y perfeccionar Brazuca, el balón del Mundial 2014, del que servidor apenas recuerda malas palabras. Al lanzarlo con tiempo suficiente antes del gran torneo pudieron pulir posibles imperfecciones y evitar a tiempo el desastre.

Toparme con el añorado esférico no sólo me ha retrotraído otra vez a viejos tiempos, sino que me ha hecho hacerme una pregunta al respecto. Pensando en las erráticas trayectorias que puede tomar esta bola cuando la pateas, me pregunto si los profesores de matemáticas y física no podrían habernos enseñado algunos principios de sus asignaturas ilustrados con problemas basados en un disparo de Super Tele. Sé que es complicado, que probablemente no se ajuste a la realidad uno a uno, pero hubiera sido una aproximación que hubiera hecho menos árida la asignatura a los apasionados del balompié, aunque hubiera sido una tortura china para quien no disfrute del deporte. Leí en un suplemento dominical que habían hecho estudios para explicar cómo fue posible un gol fuera de lo normal como fue la bomba inteligente de Roberto Carlos a Francia.

Así que me digo ¿por qué no? Me imagino conceptos como senos, cosenos, tangentes, secantes, rozamiento, trayectoria o velocidad ilustrados con la espléndida rosca que le dio Xavi, a quien los seguidores blaugrana echaremos de menos, al centro medido que remató Messi para asegurar la Champions en el Olímpico de Roma, o por seguir con goles ganadores de Copas de Europa, la no menos espléndida curvatura (menos pronunciada, pero no por eso menos estética) que le imprimió la volea de Zidane en Glasgow. Estoy seguro de una cosa, nos lo hubiéramos pasado como enanos intentando descifrar los misterios de las fórmulas matemáticas si los hubiéramos visto aplicados a goles legendarios. O a roscas imposibles hechas con el Super Tele.

Aunque en mi caso, lo más probable es que hubiera seguido sin entender una mierda.

Hasta las narices

18/05/2015

Poco se podría imaginar Emma Goldman que, de todas las frases que dijo en su vida, se la iba a recordar por el parafraseo de una de sus muchas ideas, hasta el punto de convertirla en un cliché. Pero el concepto que encierra detrás es absolutamente preclaro y sigue vigente en este momento. El “Si no puedo bailar, no quiero estar en tu revolución” es una simplificación del original, que al parecer se originó cuando se hicieron unas camisetas para subvencionar la causa anarquista, según cuenta Alix Kates Shulman. La cita original procede de la autobiografía de Goldman, a propósito de un episodio en el que un compañero anarquista le reprochó su afición por el baile. La frase, tomada del artículo anterior y traducida por mí, sería:

Insistí en que nuestra Causa no podía esperar de mí que me convirtiera en una monja, y que el movimiento no debería volverse un claustro. Si eso era lo que significaba, yo no lo quería. “Quiero libertad, el derecho a la autoexpresión, el derecho de todos a cosas hermosas, radiantes”. El anarquismo significaba eso para mí, y así lo viviría, a pesar de todas las prisiones del mundo, la persecución, todo. Sí, incluso a pesar de la condena de mis propios camaradas viviría mi hermoso ideal”. (Living My Life (New York: Knopf, 1934), p. 56)

Voy a tomar prestada la idea de Goldman para hacer mi propia reivindicación, después de lo leído estos días por Twitter. Quizá haga torcer el gesto a más de uno, pero es lo que hay.

Después de la ida de las semifinales de la Champions entre Barça y Bayern, me metí a internet en busca del vídeo de los goles del Barcelona, pues el partido lo escuché por la radio. En Twitter me encontré algún GIF del regate de Messi, y varios comentarios desdeñosos hacia el fútbol en general, casi todos provenientes de cuentas de fuerte contenido político, en general escorado hacia la izquierda. Fue cuando decidí que ya tenía bastante. A pesar de que estoy de acuerdo con mucho de lo que se dice en contra de este deporte, tengo la impresión de que para tener el carnet de auténtico partidario de la izquierda has de despreciar el fútbol, mirarlo por encima del hombro y regodearte en tu propia superioridad, moral e intelectual, como santos de yeso en un pedestal. Igual que cierto sector del mundo cultural, a los que no me topé la semana pasada pero sí en el pasado, y de los que hablaré luego. Vamos, para todos ellos hay que ser el tipo que reprochó a Emma Goldman que le gustase tanto bailar.

Vaya por delante que no soy un ingenuo, que comparto muchas de las críticas que se hacen al fútbol. Desde la saturación mediática, a las inversiones multimillonarias que vendrían mejor en otros aspectos, pasando por el dinero que los clubes deben a Hacienda y no pagan, o futbolistas como Messi, ante quien me rindo en el campo, no fuera de él. Con la ahora paralizada huelga de futbolistas se han hecho chistes bastante divertidos, aunque un tanto tópicos, y ya que nos ponemos quisquillosos, los abanderados de la izquierda podrían reclamar un porcentaje más decente para los equipos de 2ªB y el fútbol femenino (un 1,5% de los ingresos, según El Confidencial), pero es más fácil hacer un chiste sobre los Lamborghinis de los futbolistas. También lo ponen a tiro, como Neymar estrenando Ferrari tras eliminar al Bayern, como he visto en el As. No ayuda al fútbol la proliferación de personajes como Villar y Tebas, o que directivos de equipos se puedan descolgar con declaraciones tipo “El caso Neymar es un ataque contra Catalunya” (sic), cortesía del vicepresidente del Barça Jordi Cardoner (no enlazo al diario As, por si les da por reclamar dinero), o el presidente Bartomeu tire balones fuera y cargue la culpa del sobrecoste del fichaje de Neymar al fallecido Tito Vilanova, lo que hace que me entren ganas de vomitar, como mínimo. Con todo eso estoy de acuerdo, y me produce la misma repulsa que aquellos a quien aquí critico.

Sin embargo, olvidan un detalle: el juego en sí. Se puede discutir sobre si a cada cual le parece bonito o no. Muchas veces no lo es. Pero de vez en cuando nos regala momentos espectaculares, que atesoramos en el recuerdo o revisitamos en YouTube. Y esta dimensión, la puramente deportiva, es la que obvian y desdeñan los paladines de la moral y la intelectualidad. Así se lo hice notar a una usuaria de la red social literaria Lectyo el año pasado. Reproduzco de memoria por los problemas que me da encontrar la discusión exacta, uno de los grandes fallos de la página. Si alguien tiene interés, está aquí, pero tiene que remontarse a junio del año pasado. Todo comenzó con la polémica sobre la prima que cobrarían los jugadores si ganaban el Mundial (huelga decir que esto fue antes de que empezase la competición, lo apunto para el lector despistado). Se habló de la cantidad y de cómo ese dinero haría maravillas si se donara a causas sociales. Iba a cerrar el pico, por no crear polémica, pero saltó el comentario citado. En el tono habitual de superioridad, la citada usuaria dijo “odio el fútbol”. Y saltó mi lado puntilloso y justiciero (quizá un punto demagógico, no soy tan bueno a la hora de hacerme justicia). Repliqué que lo que ella odiaba no era el fútbol, sino el circo de alrededor: la corrupción, la sobredimensión, y los defectos que cité en el párrafo anterior. Añadí que si realmente odiara el fútbol, también tendría que odiar a todos los jugadores que tienen un trabajo de ocho horas, luego se van a entrenar y juegan los fines de semana en Segunda B o Tercera en condiciones precarias. Y que, de vez en cuando, dan la campanada y la lían en Copa, para desespero de los seguidores del club poderoso y alegría del resto. Es cierto, puede ser demagógico, pero creo que es una distinción que hay que hacer, la de separar el deporte en sí de toda la mierda que le rodea. Y creo que se puede perfectamente disfrutar de lo que pasa en la cancha y criticar despiadadamente la corrupción y el negocio.

Así que, sintiéndolo por los santones izquierdistas y los intelectuales moralistas, voy a seguir viendo y disfrutando del regate de Messi a Boateng, preguntándome cómo demonios hizo Bergkamp para sacarse de la manga el regate imposible que hizo ante el Southampton, o alegrarme porque un equipo como el Carpi, con su campo cochambroso con velódromo incluido, haya subido a la Serie A, y no por eso ser menos que ellos. Ni tampoco voy a sentirlo por disfrutar de los espléndidos artículos que escriben al respecto fenómenos como Juan Tallón, Galder Reguera, Borja Barba, Ruben Uría o Sid Lowe, o escuchar las majestuosas intros de Abel Rojas en 38 Ecos. Al fin y al cabo, no es mi culpa que, hace cien años como ahora, haya quien viva permanentemente con un palo de escoba metido por ya sabéis dónde. Reformulando la frase una vez más, si no puedo disfrutar de lo que me hace feliz, no quiero ser parte de esa revolución.

Manny Lee o Bruce Pacquiao

11/05/2015

Nunca está de más recordar el origen del primer nombre de esta columna, el que mantiene en mi página web. Así titulaba Enrique Ballester uno de sus escasos artículos para Diarios de Fútbol en 2014 (luego fue el más leído del año). Dice nuestro castellonense tronado favorito eso de “porque no hay nada más bonito que decirle a un amigo que no tiene ni puta idea de fútbol” (él no lo censura, pero yo soy modosito para MZ y lo hago, no así en mi web). Frase de tan maravillosa resonancia que cierto tronado de mi conocimiento se la puso de estado en el WhatsApp, citando al autor, y complementada con la imagen del director hongkonés Johnnie To echando el humo de un puro. Algo que queda muy propio: le largas la frase al colega de turno y luego te fumas una faria. Viene a cuento porque a este artículo le encaja la frase como un guante, siempre que se cambie el fútbol por el boxeo. Y también se habla de otro ilustre hongkonés.

Han pasado ya unos días de resaca tras el llamado combate del siglo entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao. Se acabaron las cifras mareantes, la expectación apenas contenida, los lamentos por Facebook de la caída del servidor español que retransmitía el combate para desespero de los que abonaron 12 euros para ver la pelea en directo, se acabaron unas teorías de la conspiración y dieron paso a otras nuevas, pasamos de revancha segura a rajada infernal del campeón. Yo me quiero quedar con una reflexión sobre los contendientes y un pequeño comentario sobre lo que yo percibí en el ring.

Para mí la previa del combate se resume en una charla que mantuve con mi hermano unas 24 horas antes de la pelea. En plena visita relámpago a España para firmar y vender libros, aproveché para celebrar el cumple de mi mejor amigo en plan tranquilo, ir de fiesta por los bares de costumbre, echar una parrafada con César Pérez Gellida, gorronearle un Moods a Chevi para sentirme Augusto Ledesma a la puerta del Zero y volver a casa en condiciones no muy lamentables gracias a la macedonia de frutas de mi padre, complemento idóneo para las salchichas que cené. Mi hermano llegó poco después y pudimos hablar un rato de la lucha. Creo que estuve medianamente coherente. Él había intentado convencer a unos colegas que tienen un bar para que cerraran antes y pusieran el Mayweather vs. Pacquiao. Yo iba a llegar a Galway a eso de las dos de la mañana, hora local, y después del viajecito lo único que tenía en mente era pillar la cama al lado de mi chica. Antes de acostarme en mi cama pucelana mi hermano comentó un par de teorías pre-combate: la primera, plausible, es que la pelea iba a llegar sí o sí a los doce asaltos, para que la gente amortizase la pasta del PPV, la segunda, descabellada, era que Mayweather iba a perder sí o sí, para que no se retire invicto, ya que hasta Ali perdió, y no querían que nadie estuviese por encima de él.

Pero lo que más recuerdo fue sobre la entrevista a Juan Manuel Márquez en El Partido de las 12, donde el boxeador mexicano que tumbó a Pacquiao comentaba que allí en su país natal los aficionados apoyaban sin reservas al PacMan, a quien ven como alguien más humilde y cercano a ellos. Añadía que tenía la misma percepción sobre los aficionados españoles, que en su gran mayoría apoyaban al filipino. Alguna excepción se dio, como Juan Carlos Galindo, coordinador del blog de novela negra de El País, a quien seguiré haciendo caso en sus recomendaciones negrocriminales, pero no en las boxísticas. Los expertos también apuntaban a una victoria de Mayweather a los puntos, lo que no significaba que apoyasen al estadounidense. Sus pronósticos venían de un análisis objetivo de cómo llegaban ambos púgiles a la pelea, con ventaja para Floyd, aunque ninguno descartase que Pacquiao enganchase un puñetazo “que le quitase la tontería” a Mayweather.

A mí la situación me llevó a establecer el paralelismo que sirve de título a este artículo. Hace unos meses, en uno de esos ratos donde te pones a cambiar de canal en busca del improbable milagro que mate el aburrimiento durante unos minutos, encontré en uno de esos ignotos canales del TDT un documental sobre Bruce Lee (I Am Bruce Lee) a la mitad, pero decidí quedarme a verlo. Cuando se habla de “El furor del dragón”, película en la que sale la legendaria pelea contra Chuck Norris en el Coliseo romano, se hablaba de la dimensión social y política de la figura de Lee. Siempre defensor de las minorías, el actor hongkonés se convertía en un héroe de la contracultura para esas mismas minorías. La lucha de Lee contra Norris simboliza la lucha contra la dominación blanca y anglosajona. Como dice el productor y director Reginald Hudlin, todos en el cine de St. Louis donde él vio la película, todos afroamericanos, iban con Lee, sin importar el grado de politización de cada cual, todo el mundo pillaba el chiste: para parar al mejor traían al mejor de Estados Unidos, blanco, rubio y de ojos azules. No bastaba. Cuarenta y tres años después, yo veía a Pacquiao como el heredero de Lee, aunque esta vez el mejor de USA no era blanco, sino afroamericano, por lo que ese apoyo del que habla Hudlin pasó a Mayweather, obviamente. El muchacho que a los catorce años vivía en las calles de Manila, el campeón del pueblo, contra el rico arrogante, ególatra y que se rodea del ultraodiado y ultraodioso Justin Bieber. Para mí estaba claro. Para mi hermano, fan de Joe Frazier desde que vio el documental Thriller in Manila, más aún: “prefiero a Ali, y mira que me cae mal”.

Realidad y ficción a veces coinciden, en otras difieren. Como dije al principio, no tengo ni puta idea de boxeo, pero sí ojos y un poco de sentido crítico. Vi el combate en diferido y fue una pelea muy floja, que Floyd Mayweather ganó a los puntos justamente, haciendo buenos los pronósticos de los expertos. La tarjeta de uno de los jueces fue exagerada (118-110), las otras más parecidas a lo que yo entendí (116-112). Por mucho que Pacquiao tuviera los ataques más vistosos para el espectador, no fueron suficientes. Las cifras indican que Mayweather lanzó más golpes y acertó más, por mucho que abusara de escaparse de las embestidas del rival, los abrazos en medio del ring y el estilo de defensa y contraataque, feo pero efectivo. Decían los que entienden que, para ganar, Pacquiao tenía que atacar más a su rival y no lo hizo. Yo creo que no hubo tongo, y no soy el único. Este artículo de Jotdown lo explica a las mil maravillas. Otra cosa es que se esté de acuerdo con él.

Ahora sólo queda esperar si hay revancha una vez Pacquiao se opere de su lesión. Mayweather habrá rajado, pero sabemos que cuando los verdes estén en la mesa cambiará de opinión. Y los ilusos y los que no tenemos idea de boxeo volveremos a apostar porque Manny Lee o Bruce Pacquiao se lleva la victoria. Igual que esperamos que los Manny Lees de la política tumben a los Mayweathers en las urnas, este mayo y en noviembre (si se cumple el calendario previsto). Y nos llevaremos otro palo como el del combate, o como el de los laboristas en el Reino Unido. Pero seguiremos apostando por ellos, aunque sea porque no nos queda otra.

Po bien, po fale, po malegro

27/04/2015

Más de uno se extrañará cuando lea un título con faltas de ortografía. Habrá quien sonría, pues le evocará el recuerdo de los personajes que solían utilizar esta expresión: Makinavaja y sus colegas, primero en las viñetas de Ivá y luego en la serie de televisión (e imagino que en la película, pero no recuerdo haberla visto). Es una gran expresión de indiferencia, la cual deberían haber proferido muchos la semana pasada y no lo hicieron.

En la rueda de prensa previa a los premios Laureus, el exfutbolista francés Eric Cantona se destapó con una de sus declaraciones incendiarias, en las que proclamaba que el Mundial de 2010 no lo ganó España, sino Cataluña. Cantona es nieto de un albañil republicano catalán y vivió una temporada en Cataluña cuando tenía ocho años, como él mismo explica. Enamorado del método Cruyff, años después se destapa con estas declaraciones. No pude evitar acercarme a ver los comentarios en la página del As que recogía las palabras del francés. No me sorprendieron las reacciones airadas de los lectores. Lo que sí me pregunté es por qué se sigue cayendo en una trampa tan burda como la del francés.

No hace falta un análisis muy sesudo para desmontar la afirmación de Cantona. Primero recordar que fueron siete futbolistas del Barcelona los que jugaron ese mundial, no diez. David Villa, el único que podría acercar el número de jugadores a la citada cifra, aún no había disputado ni un solo minuto con la camiseta azulgrana. Segundo, ni siquiera hace falta mirar los nombres de los 23 convocados. Con evocar a los dos grandes héroes de la final es más que suficiente. Casillas, de Móstoles, en la Comunidad de Madrid. Iniesta, de Fuentealbilla, provincia de Albacete. Voilà, nunca mejor dicho. Teoría desmontada, de forma sencilla, eficaz e indolora. Con la precisión de un bisturí sin estrenar. Y a otra cosa. Pero no, los comentaristas estaban enfurecidos con el fuego nacionalista, heridos en su patriotismo desatado. Tomando aquello como una operación a vida o muerte cuando se parece más a un médico de cabecera quitando una verruga de un tajo limpio e indoloro. Cantona había hablado de cosas más interesantes, como qué le falta al Manchester City para alcanzar el nivel histórico del United o el jugador en activo que más le fascina. Pero no, había que ponerse en pie de guerra por unas declaraciones de alguien conocido por ser un bocazas. No digo que haya que abandonar el sentimiento por la razón, sí que hay que atemperar el primero con la segunda. Estas declaraciones eran merecedoras de un “po bien, po fale, po malegro” y a seguir con la vida.

Hay famosos en este mundo a los que hay que saber cuándo tomarlos en serio y cuando no. Son unos bocazas por naturaleza, les gusta provocar por el placer de hacerlo y de vez en cuando tienen alguna frase que sí merece la pena rescatar. Hay que pararse a pensar un momento para desbrozar lo interesante de lo intrascendente y quedarse con lo primero. Aprovechando la frasecita de marras de Cantona, apareció una recopilación de otras declaraciones legendarias del astro francés, incluida la que profirió ante la prensa después de su infame patada de kung-fu a un fan del Crystal Palace. De entre ellas me interesa la última:

Si solo tienes una pasión en la vida -el fútbol- y la practicas al punto de excluir todo lo demás de tu vida, se vuelve algo muy peligroso. Cuando dejas de hacer esta actividad, es como morir. La muerte de esa actividad, es la muerte en sí misma».

Es imposible no acordarse de esos deportistas profesionales que, una vez retirados de la alta competición, no son capaces de encontrar el rumbo en la vida y acaban en las drogas o incluso suicidándose. El caso de Jesús Rollán, portero de la selección de waterpolo que ganó la medalla de oro en la Olimpiada de Atlanta 96, es paradigmático. Padecía depresión, era adicto a las drogas, se había divorciado de su mujer, apenas veía a su hija, y a pesar de estar en tratamiento, se quitó la vida. Servidor se pregunta si algo parecido pasaba por la cabeza de Lalo García, leyenda del baloncesto en Valladolid, cuando siguió los pasos de Rollán. Prefiero no saberlo. Lo que sí sé es que, en este caso y por una vez, las palabras de Cantona encierran un atisbo de razón.

A los bocazas se les ve venir, y una vez estás prevenido, es fácil descartar sus frases más controvertidas. Esta semana ha estado en España uno de mis escritores favoritos, James Ellroy, promocionando su nueva novela, Perfidia. Autodenominado “el perro diabólico de las letras americanas”, Ellroy es conocido por sus diatribas derechistas y su ego desmesurado. Así que no me sorprendió que dijese que le importaba un pimiento ese etéreo Grial tras el que van escritores y críticos estadounidenses, La Gran Novela Americana, porque ya ha escritos varias. Sí me sorprendió que haya dejado de decir que es el mejor (según él, el Dostoyevski de la novela negra), o que muchos de sus exabruptos derechistas se deben en parte al aburrimiento que le causan la gran cantidad de entrevistas que da, y parte como respuesta a algún periodista que le toca la moral. De hecho, según confesó, a veces le recuerdan frases que dijo en el pasado y él mismo se asombra de esas mismas declaraciones, olvidadas hace tiempo. Para cubrirse las espaldas, esta vez ha advertido a sus entrevistadores que nada de hablar de política actual, que le aburre. A pesar de sus múltiples defectos, sigue siendo uno de mis escritores de referencia, pues sus novelas son un puñetazo directo al hígado que te deja para la cuenta de diez durante una temporada. Aunque es un cabronazo reaccionario, ególatra e intolerante con todo el que ose echarse un pitillo en su presencia, sus seguidores lo adoramos.

Así que la conclusión es clara. Al bocachancla se le identifica a kilómetros, por lo que es sencillo estar alerta. Basta leer sus declaraciones, aplicar un poco de lógica, afirmar eso de “po bien, po fale, po malegro” con tonillo chulesco (a mí me sale siempre con la voz de Popeye, no la de Maki) y seguir adelante. Nos ahorraríamos todos más de un disgusto. Lo malo es que a veces ni yo mismo me aplico el cuento.

Un balón no necesita ser un balón

22/04/2015

La mayoría de las veces basta con una línea de un texto ajeno para inspirar uno propio. Rara vez se da la combinación de dos textos relacionados en un breve espacio de tiempo. Esas carambolas son tan infrecuentes que quien no las aproveche debería ser desterrado del oficio de escritor. Pueden atesorarse para alguna ocasión futura, sí, pero jamás dejar semejante regalo sin explotar.

La semana pasada me puse al día con los textos que escribe Juan Tallón para El País. Son los que leo con mayor regularidad junto con los que escribe para Contexto, los que escribe para otros medios sólo los leo si aparecen en mi timeline de Twitter. Tallón es prosa poética pura. Admiro sin reservas su capacidad de observación del más nimio detalle y convertirlo en trascendente, junto a un lenguaje mucho más depurado que el mío. El suyo es estética con contenido. El mío contenido sin estética. Cuando la semana pasada recordé que no había leído su columna de los lunes, me di cuenta de que me faltaba la del lunes anterior, que él tituló “Hay odios sanísimos”.  En ella cuenta la desazón que produce el parón liguero y cómo los compromisos de la selección son un sustituto insuficiente. De él me quedo con un párrafo que sirve para titular esta columna:

Su suspensión [la de la Liga] provoca una extraña melancolía, equivalente a la de esas tardes que tus amigos se encerraban a estudiar, y tú buscabas consuelo en una lata de Fanta naranja, vacía y descolorida, a la que dabas patadas sin dejar caer, como si un balón no necesitase ser un balón.

Esa lata de Fanta vacía es la misma (sin el logo de la marca, claro está) que patea con una pericia insólita Trev Likely, uno de los protagonistas del libro que estaba leyendo en ese momento, Unseen Academicals, título que en España se tradujo como El Atlético Invisible, del muy llorado Sir Terry Pratchett, fallecido hace un mes. El novelista inglés nos habla del mundo del fútbol con su habitual precisión satírica, mezclada con esos homenajes a otras obras literarias marca de la casa. Sin querer destripar la novela, diré que en ella vemos la conversión del fútbol callejero al que marcan las reglas de la FIFA, todo lo que rodea a las pasiones de los aficionados y, en una subtrama no menos importante, una parodia del mundo de la moda, sus entresijos y el público al que va dirigido. Se podría debatir sobre si es una de las mejores novelas de Pratchett, pero como leí en algún rincón de Internet que no recuerdo, incluso las peores novelas del autor son buenísimas.

Sin embargo, lo que nos interesa no es el debate literario, sino la lata de Tallón y Pratchett. O más bien la reflexión de que un balón no necesita ser un balón. Una poderosa evocación de la infancia, en la que bastaba esa lata de Fanta para montar un partido, pequeño por lo general. Dos marcas en la pared, dos mochilas o dos sudaderas hacían la portería. Recordar esa lata me ha llevado a inventariar los objetos que han sustituido un balón cuando la necesidad apretaba. No era infrecuente que, en vez de una lata, usásemos uno de esos batidos de cartón que acababa hecho polvo tras tres patadas. También valían una piedra pequeña o un trozo de ladrillo desprendido. Mi favorito del recreo eran las arielitas, envases de plástico que eran tres cuartas partes de una esfera y que se pusieron de moda con los detergentes en la primera mitad de los noventa. Mi madre solía dármelas, porque reutilizaba las que ya tenía, y he salvado del aburrimiento montones de recreos al sacarla de la mochila. Dentro de clase han servido de balón la clásica hoja arrancada del cuaderno, los borradores, las tizas, y en una ocasión legendaria, unos trapos hechos una bola, salidos de vaya a saber dónde y que acabaron en manos de un profesor de Tecnología, quien los rebautizó como balón, validando con ello el título del artículo. Un balón no necesita ser un balón.

Eso sí, no nos engañemos. Ya no somos esos niños que pateaban cualquier cosa para olvidarse durante media hora (o menos) el tedio de las clases que habíamos soportado y el de las que vendrían después. Aún somos capaces de convertir cualquier cosa que esté por el suelo en un balón. Volver a casa a las cinco de la mañana con tu hermano, o con un amigo, y encontrarte un vaso de cachi vacío se convierte en volver a casa pasándose el vaso de uno a otro, admirando un toque particularmente preciso, recuperar el pase que se queda atrás y lamentar durante un segundo el fin del juego cuando el pase es demasiado largo y no hay ganas de ir a buscarlo, o el cachi cae a la carretera o choca contra el bordillo y se queda allí abandonado, para desesperación de barrenderos y ciudadanos cívicos. En este punto donde viene a cuento citar una teoría de mi hermano que suscribo. Gustará más o menos, será más o menos cierta, pero en general se cumple: los hombres somos infinitamente más simples que las mujeres. Nos basta con un balón o un objeto que se le asemeje para ser felices un rato. Hay un impulso irreprimible al entrar en una tienda de deportes y ver balones: están pidiendo que les des unos toques, o al menos que los botes si no eres muy diestro en el arte del malabarismo, no sea que vayas a cargarte algo, o sean balones de baloncesto. Él dice que es cosa de la inteligencia emocional, mucho más desarrollada en ellas que en nosotros. Ahí ya no me meto. En lo otro le doy la razón.

Juan Tallón habla en condicional cuando dice “[…]como si un balón no necesitase ser un balón”. Yo creo que sobra el modo condicional. La frase es una afirmación rotunda, como una máxima filosófica: un balón no necesita ser un balón. Terry Pratchett me da la razón. Poco importa. Lo esencial es que sigamos viendo cualquier objeto mínimamente redondo para convertirlo en un balón, a falta de uno. Y que siga así por muchos años.

Omertà autoimpuesta

20/04/2015

Llevo meses observando un fenómeno en Twitter sobre el que me he abstenido de opinar hasta ahora. He procurado mantenerme al margen para evitar confrontaciones innecesarias, pero me lleva reconcomiendo todo este tiempo, por lo que es hora de comentarlo.

Gracias a Internet se ha producido una explosión de autores que, por distintas razones, están autopublicando sus novelas. La potencia de plataformas como Amazon o los servicios como Tagus, auspiciado por Casa del Libro, permiten a escritores noveles lanzarse a conquistar al público lector que puebla la red de redes. Dado que no cuentan con el apoyo de una editorial, de un agente o de un padrino, los escritores independientes forman su propia red de promoción, difundiendo el mensaje de la existencia de obras propias y ajenas por las redes sociales, una suerte de Hermandad de Escritores Independientes, metafórica y sin más requisitos que el oficio compartido, cuya motivación principal es la solidaridad entre pares y el deseo de encontrar posibles compradores, tentándolos con unos precios hipercompetitivos y gran variedad de géneros literarios entre los que escoger. Un buen apoyo para el recién llegado, como el arriba firmante.

A pesar de que yo he conseguido que una editorial publique mi primera novela, mucho del trabajo de promoción recae sobre mí mismo. Dándome cuenta de lo bueno que es para cualquiera que otros escritores colaboren con la difusión de la obra de uno, busqué a alguno de esos autores independientes. Al tiempo, otros se fijaron en mí. Hubo quien me ofreció reseñas positivas a cambio de hacer lo mismo con un par de obras que me indicaron. Dado el alto número de seguidores de la cuenta que contactó conmigo decidí probar con una de sus dos recomendaciones, la que resultó ser más de mi gusto. No recuerdo cuántas páginas leí antes de desistir. Fueron pocas. Estaba mal escrita, mal maquetada, la trama alteraba varios puntos de vista de forma confusa y los personajes me resultaron poco atractivos. Me enfrenté a un dilema: o hacer una crítica de cinco estrellas sobre cinco posibles como se me pedía, mintiendo a quien la leyera, o destrozar la novela como creía que merecía, arriesgándome a que por el camino me acribillasen con reseñas negativas en venganza. Mi decisión fue clara: omertà autoimpuesta. Renunciar a mayor exposición para mí y mi novela a cambio de no decir algo malo de un autor independiente.

La experiencia me dejó bastante mal sabor de boca. Tal vez estaba siendo injusto con el autor. Tal vez estaba mostrándome prepotente, sin darme cuenta de que, tal vez, mi novela merece idéntico tratamiento. Pasado un tiempo decidí que tendría que probar con otro autor, a ver si esta vez tenía más suerte. Había contactado con otras plataformas y algunos autores me habían seguido, por lo que no faltaba variedad a la hora de escoger. No he sido capaz de decidirme. Un título, una línea breve del argumento, un precio y un enlace no han sido bastantes para empujarme a dar el paso. Tan breves argumentos no han sido capaces de seducirme, a pesar de que alguna oferta dejaba el precio de la novela por los suelos. Ni por ésas. Otra vez me veía sin el apoyo de la Hermandad de Autores Independientes, esta vez por ser incapaz de elegir a quién de ellos devolver el favor.

Hay un factor que ha contribuido sobremanera a mi indecisión. Todos estos autores se dedican a mandar tweets constantes sobre sus obras o la de algún amigo. Compra mi novela. Descarga el adelanto de la mía. De vez en cuando, algún mensaje sobre un tercer autor, antes de volver a lo mismo, una y otra vez, con la insistencia y compasión de un taladro girando al máximo de revoluciones. Compra, descarga, compra, descarga y vuelta a empezar. Me he llegado a preguntar si estos autores son reales. Si hay vida detrás de sus mensajes machacones. Me gustaría saber qué libros están leyendo, aparte del suyo y del de sus camaradas. Me gustaría saber quién les hace tilín o les provoca sarpullido, si Iglesias o Rivera. Si resulta que no quieren posicionarse ideológicamente, tal vez tengan opinión sobre asuntos más banales. Messi o Cristiano. Los Vengadores; Batman vs. Superman o ninguno, porque lo que importa es cómo lo hará Jared Leto en el papel del Joker, tras los recitales de Nicholson y Ledger. Si vieron el último episodio de Juego de Tronos o se han vuelto incondicionales del único ministerio español decente, El Ministerio del Tiempo. O si, como a un colega de un foro o al mismo Matthew McConaughey, se les ha caído la lagrimilla cuando han visto a Harrison Ford decir “Chewie, estamos en casa”. Tal vez la existencia de otro ser humano con el que compartir afinidades más allá de lo literario me hiciera comprar su libro. No soy el único que piensa así. Encontré este artículo al respecto gracias a un tweet interesante que enlazaba otro texto de la misma autora, sobre cómo la autopromoción no vende libros. (El enlace que adjunto es la propia réplica que se da a sí misma la autora). El sexto punto es el que coincide con lo que acabo de exponer.

A día de hoy sigo en la misma coyuntura. Si quiero tener algo más de repercusión tengo que ser solidario a mi vez. Pero quiero mantener mi honestidad intacta, no venderla al mejor postor a cambio de un puñado de retweets. Mientras tanto, hasta que encuentre a alguien a quien merezca la pena apoyar o alguien se sienta ofendido por este artículo y me desacredite a través de las redes sociales, omertà autoimpuesta.

Entrevista y ficha de autor en Mi Sala de Lectura

15/04/2015

Las chicas del blog Mi Sala de Lectura hacen una fantástica labor para los que somos autores noveles. Dan la posibilidad de ser entrevistado, obtener una reseña de tu novela y elaboran una pequeña ficha con tus datos personales. Hace unos díassubieron mi ficha de lector y la entrevista que me hicieron.

Darles las gracias una vez más por dejarme participar en su blog.

Un tipo normal

14/04/2015

El flequillo largo hasta las cejas y revuelto contrasta con el pelo corto por los lados y por detrás. Si miraras directamente a sus ojos, como en las inolvidables imágenes de Sergio Leone, verías a Ozil, quizás a Gollum, por lo saltones. Una sombra de barba que crece desigual, más abundante por el lado derecho que por el izquierdo, y que le da un aire a Randy Orton cuando se le mira desde ese perfil. En cambio, la perilla es cien por cien Zlatan. Brazos tatuados, camiseta de colores psicodélicos, pantalón negro, como las Converse. Si te dicen que Cristian Álvarez no sólo es futbolista, sino que juega en la Primera División española, no te lo creerías. Más bien parece un hombre con el que te cruzarías en la cola del Mercadona. Un tipo normal.

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Percepciones

07/04/2015

Para nuestra desgracia, las personas no siempre nos ven como a nosotros nos gustaría. Una cosa es cómo somos, otra cómo nos proyectamos hacia los demás, a través de nuestra imagen y nuestro comportamiento, y una tercera cuestión es cómo nos perciben los demás. De percepciones va el artículo de hoy, pues igual que las opiniones, todos tenemos una.

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Escribir como Gustems

30/03/2015

[Nota del autor: esta columna se publica originalmente en la revista The Zone, parte del juego online managerzone. Nacho y Jaime son dos usuarios del mismo, encargados de dirigir la revista en el momento en que me uní a ella (Nacho) y regresé (Jaime)]

Ha pasado un tiempo desde la última vez que publiqué una columna en el The Zone, debido básicamente a que me he mudado de país y había cosas más importantes a las que atender. También tenía dudas sobre lo que estaba escribiendo. Este tiempo de espera ha servido para intentar orientar mejor el estilo de columnas que pretendo hacer.

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