Po bien, po fale, po malegro

27/04/2015

Más de uno se extrañará cuando lea un título con faltas de ortografía. Habrá quien sonría, pues le evocará el recuerdo de los personajes que solían utilizar esta expresión: Makinavaja y sus colegas, primero en las viñetas de Ivá y luego en la serie de televisión (e imagino que en la película, pero no recuerdo haberla visto). Es una gran expresión de indiferencia, la cual deberían haber proferido muchos la semana pasada y no lo hicieron.

En la rueda de prensa previa a los premios Laureus, el exfutbolista francés Eric Cantona se destapó con una de sus declaraciones incendiarias, en las que proclamaba que el Mundial de 2010 no lo ganó España, sino Cataluña. Cantona es nieto de un albañil republicano catalán y vivió una temporada en Cataluña cuando tenía ocho años, como él mismo explica. Enamorado del método Cruyff, años después se destapa con estas declaraciones. No pude evitar acercarme a ver los comentarios en la página del As que recogía las palabras del francés. No me sorprendieron las reacciones airadas de los lectores. Lo que sí me pregunté es por qué se sigue cayendo en una trampa tan burda como la del francés.

No hace falta un análisis muy sesudo para desmontar la afirmación de Cantona. Primero recordar que fueron siete futbolistas del Barcelona los que jugaron ese mundial, no diez. David Villa, el único que podría acercar el número de jugadores a la citada cifra, aún no había disputado ni un solo minuto con la camiseta azulgrana. Segundo, ni siquiera hace falta mirar los nombres de los 23 convocados. Con evocar a los dos grandes héroes de la final es más que suficiente. Casillas, de Móstoles, en la Comunidad de Madrid. Iniesta, de Fuentealbilla, provincia de Albacete. Voilà, nunca mejor dicho. Teoría desmontada, de forma sencilla, eficaz e indolora. Con la precisión de un bisturí sin estrenar. Y a otra cosa. Pero no, los comentaristas estaban enfurecidos con el fuego nacionalista, heridos en su patriotismo desatado. Tomando aquello como una operación a vida o muerte cuando se parece más a un médico de cabecera quitando una verruga de un tajo limpio e indoloro. Cantona había hablado de cosas más interesantes, como qué le falta al Manchester City para alcanzar el nivel histórico del United o el jugador en activo que más le fascina. Pero no, había que ponerse en pie de guerra por unas declaraciones de alguien conocido por ser un bocazas. No digo que haya que abandonar el sentimiento por la razón, sí que hay que atemperar el primero con la segunda. Estas declaraciones eran merecedoras de un “po bien, po fale, po malegro” y a seguir con la vida.

Hay famosos en este mundo a los que hay que saber cuándo tomarlos en serio y cuando no. Son unos bocazas por naturaleza, les gusta provocar por el placer de hacerlo y de vez en cuando tienen alguna frase que sí merece la pena rescatar. Hay que pararse a pensar un momento para desbrozar lo interesante de lo intrascendente y quedarse con lo primero. Aprovechando la frasecita de marras de Cantona, apareció una recopilación de otras declaraciones legendarias del astro francés, incluida la que profirió ante la prensa después de su infame patada de kung-fu a un fan del Crystal Palace. De entre ellas me interesa la última:

Si solo tienes una pasión en la vida -el fútbol- y la practicas al punto de excluir todo lo demás de tu vida, se vuelve algo muy peligroso. Cuando dejas de hacer esta actividad, es como morir. La muerte de esa actividad, es la muerte en sí misma”.

Es imposible no acordarse de esos deportistas profesionales que, una vez retirados de la alta competición, no son capaces de encontrar el rumbo en la vida y acaban en las drogas o incluso suicidándose. El caso de Jesús Rollán, portero de la selección de waterpolo que ganó la medalla de oro en la Olimpiada de Atlanta 96, es paradigmático. Padecía depresión, era adicto a las drogas, se había divorciado de su mujer, apenas veía a su hija, y a pesar de estar en tratamiento, se quitó la vida. Servidor se pregunta si algo parecido pasaba por la cabeza de Lalo García, leyenda del baloncesto en Valladolid, cuando siguió los pasos de Rollán. Prefiero no saberlo. Lo que sí sé es que, en este caso y por una vez, las palabras de Cantona encierran un atisbo de razón.

A los bocazas se les ve venir, y una vez estás prevenido, es fácil descartar sus frases más controvertidas. Esta semana ha estado en España uno de mis escritores favoritos, James Ellroy, promocionando su nueva novela, Perfidia. Autodenominado “el perro diabólico de las letras americanas”, Ellroy es conocido por sus diatribas derechistas y su ego desmesurado. Así que no me sorprendió que dijese que le importaba un pimiento ese etéreo Grial tras el que van escritores y críticos estadounidenses, La Gran Novela Americana, porque ya ha escritos varias. Sí me sorprendió que haya dejado de decir que es el mejor (según él, el Dostoyevski de la novela negra), o que muchos de sus exabruptos derechistas se deben en parte al aburrimiento que le causan la gran cantidad de entrevistas que da, y parte como respuesta a algún periodista que le toca la moral. De hecho, según confesó, a veces le recuerdan frases que dijo en el pasado y él mismo se asombra de esas mismas declaraciones, olvidadas hace tiempo. Para cubrirse las espaldas, esta vez ha advertido a sus entrevistadores que nada de hablar de política actual, que le aburre. A pesar de sus múltiples defectos, sigue siendo uno de mis escritores de referencia, pues sus novelas son un puñetazo directo al hígado que te deja para la cuenta de diez durante una temporada. Aunque es un cabronazo reaccionario, ególatra e intolerante con todo el que ose echarse un pitillo en su presencia, sus seguidores lo adoramos.

Así que la conclusión es clara. Al bocachancla se le identifica a kilómetros, por lo que es sencillo estar alerta. Basta leer sus declaraciones, aplicar un poco de lógica, afirmar eso de “po bien, po fale, po malegro” con tonillo chulesco (a mí me sale siempre con la voz de Popeye, no la de Maki) y seguir adelante. Nos ahorraríamos todos más de un disgusto. Lo malo es que a veces ni yo mismo me aplico el cuento.

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