La camiseta de Boca que nunca tuve

18/12/2014

Cuesta a veces tener ideas para artículos que no acaben convirtiéndose en una repetición infinita de lo mismo. Además, siempre me hago promesas mentales de hablar de ciertos temas en futuros textos, pero nunca lo hago (como por ejemplo, un párrafo dedicado a los hermanos Gasol) la cosa se me complica sin necesidad. Por eso esta semana, en vez de volver sobre Messi y Ronaldo, el fallo del árbitro del Barça-Getafe o los cinco chirlos del Eibar que narró el otro día nuestro compañero de juego superociofc, hoy voy a hablar de deportes desde otra perspectiva, no sin antes apuntar, como prometí la semana pasada, que las Guerreras pasaron invictas a la segunda fase, pero que ayer no pudieron con las campeonas olímpicas, Noruega, a pesar de plantar cara todo el partido. (26-29)

Tengo que admitir que me pierden las camisetas. Me dan igual otras prendas de ropa, pero las camisetas me apasionan. Tengo montones de ellas. La inmensa mayoría, de grupos, y negras. Algunas de colores, pero las menos. Últimamente han entrado en juego prendas de series y películas. Ayer mismo casi saco de quicio a mi novia al decirle que me iba a comprar un pack de disco y camiseta de Anaal Nathrakh por 23 pavos. Camisetas tienes a montones, me dijo. Y no te las vas a poder llevar todas a Irlanda. Da igual, repliqué, ésta me la llevo. Siempre me hizo mucha ilusión tener una del caótico y brutal dúo inglés, y no iba a desaprovechar la ocasión. Además, 23 pavos por un CD y camiseta en estos tiempos es una buena oferta. Pero a pesar de todo, casi no he tenido camisetas de equipos futboleros. Y siento que algunas sí debería haberlas tenido.

De pequeño, recuerdo haber heredado una camiseta del Real Valladolid, juraría que con el 2 a la espalda, y otra del Barcelona, ésta con el 3, seguro. Ambas eran de manga larga, y ambas estaban tirando a viejas. No recuerdo habérmelas puesto demasiado. La que recuerdo mejor, y la que he usado más veces, fue una de Osasuna. No tengo particular pasión por el equipo rojillo, todo se debe a un viaje que hizo mi padre a Pamplona, para ver a unos primos. Uno de ellos trabajaba en Caja de Ahorros de Navarra, y como eran tiempos de abundancia, tenía todo tipo de regalos de la entidad, que a él le habían llegado en su condición de empleado. Así que mi padre se trajo montones de cosas con el logotipo de la caja, entre ellas, un montón de esas reglas de plástico de 30 cm que todos hemos usado en el colegio y el instituto (de las que juraría queda alguna superviviente después de catorce o quince años), un equipo de ciclista (maillot y culote) que regalamos a nuestra vez a unos primos, porque nosotros no íbamos a usarlo y ellos sí, y la camiseta de Osasuna, que era sintética y tendía a dar calor.

Pero más que las que tuve, recuerdo las que no tuve. La idea de este artículo surgió hace meses, pero no la había plasmado hasta ahora. Empezó, como casi siempre, de la manera más tonta. Pronto me mudaré a Irlanda, y una de las grandes cuestiones es la indumentaria, fundamental a la hora de encontrar trabajo. Se me ocurrió que podía buscar una camiseta futbolera de colores más suaves que los que yo suelo llevar. Así que me metí en Classic Football Shirts, una tienda online de camisetas que descubrí gracias a (cómo no) Diarios de Fútbol. Y di con una ideal: una de la Lazio temporada 2001-2002, con el dorsal del legendario (a la par que polémico) Sinisa Mihajlovic, uno de los mejores lanzadores de faltas que yo haya visto, a quien recuerdo marcando un hat trick de falta de directa (no recuerdo el partido, eso sí) El azul celeste pega poco con mi estilo, pero agrada a la gente, menos acostumbrada a mi look habitual. El precio, junto con la posibilidad de que al entrevistador no le cayese en gracia tal equipo, fueron disuasorios a la hora de comprarla.

Eso me llevó a otros dos momentos donde quise hacerme con camisetas de equipos pero por alguna razón u otra no lo hice. Cuando estuve en Bélgica, quise comprarme una del Cercle Brugge. A pesar de que el equipo grande de la ciudad es el Club Brugge (el Brujas de toda la vida) a mí me hace mucha más gracia que el otro equipo se llame Círculo de Brujas. Pregunté en una tienda, donde compré algo que no recuerdo, dónde podía comprar una, y supieron indicarme. Pero en la tienda descubrí que valían cincuenta euros y pasé. La otra fue una segunda equipación del Real Valladolid, la de 2012-13, según he podido averiguar, hecha a mi medida. Negra, con una cruz morada en el pecho. Pero no me decidí. Ahora, en la tienda oficial del equipo sólo está la de la nueva temporada, y en Classic Football Shirts tienen varias del equipo, pero no ésa. También pensé en hacerme con una del Mazembe, pero veo difícil que puedan traerla desde África.

Sin embargo, la camiseta que nunca tuve y me arrepiento de no haber tenido fue una de Boca Juniors. De nuevo, no es tanto porque tenga particular simpatía a los xeneizes, sino por la situación en la que la pude haber obtenido. Es poco habitual ver a grupos de talla internacional tocando en Valladolid, por lo que visitas como la de Michael Jackson, Bruce Springsteen (que me perdí porque me iba un mes a Liverpool al día siguiente) o Bob Dylan son excepciones que hay que aprovechar. A un nivel más modesto, en el sector del metal, hemos tenido a Iron Maiden, Judas Priest o Manowar. Y bajando aún más la modestia, hacia 2003 vinieron los argentinos Rata Blanca. Yo entonces me apuntaba a un bombardeo, y para allá que fui. Habitual animador de conciertos, y siempre en primera fila, los miembros del grupo se fijaron en el payaso sin camiseta que no hacía más que botar, aunque admito que no me sé la mayoría de las canciones del grupo. Hasta que en un momento dado, el cantante, Adrián Bailari, salió con una camiseta de Boca en la mano. Yo miré hacia él, ya no que no estaba enfrente, y juraría que él hizo gesto de darme la camiseta. Pero no lo interpreté así, o no lo entendí, el caso es que se la dio a otro tipo ataviado con una camiseta del equipo. Y yo me quedé sin la camiseta de Boca. Entonces no le di importancia, pero visto en perspectiva, fui idiota. No hubiera sido una camiseta de Boca cualquiera, sino «la camiseta de Boca que me regaló Adrián Bailari». No sé qué destino hubiera tenido, ni si ahora me la pondría, ya que no me interesa tanto Rata Blanca, pero tenía que haber sido mía.

Ahora mismo, cuando veo las camisetas actuales de diversos equipos, suelo sentir indiferencia, cuando no horror ante según qué prendas (la rosa del Madrid, el helado de sabores del Barça, y, sintiéndolo mucho, la senyera, más allá de polémicas políticas, era fea con ganas, por no hablar del «Salón de la Vergüenza» de CFS). Pero quién sabe si algún día encontraré esa camiseta futbolera que sí me compre. O tal vez vuelva a dejarla pasar, y acabaré arrepentido de la decisión.

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